150 años de historia
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LOS ALBA
 
  Un paseo por la década
El director del régimen. El sacerdote Gabriel Herrero Herrero, director, al menos nominal, durante quince años.
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gabriel herrero
Fernando Bravo
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El régimen lo impuso como director, contra del criterio de la empresa, tras expedientar a Cossío. El marzo de 1958 el director general de Prensa rescinde su contrato, un año después de que Altés le notificara el despido
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LAS PERSONAS

Gabriel Herrero
Fue impuesto como director por la Delegación Nacional de Prensa durante 15 años

Martín Hernández
También sacerdote, fue relevado como subdirector

Eduardo López Pérez y J. María Rodríguez
Redactores represaliados por la Dirección de Prensa

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La Delegación Nacional de Prensa pretendía controlar más de cerca aún a este periódico. No se había atrevido a incautarlo y procuraba ahora ocuparlo».
El profesor de periodismo José Francisco Sánchez describe de forma pormenorizada y muy documentada en su obra ‘Miguel Delibes, periodista’ una de las etapas más controvertidas del periódico, ya centenario, significada por la presencia al frente de la redacción del sacerdote Gabriel Herrero Herrero. La Ley de Prensa de abril de 1938 establecía la censura previa e imponía a los periódicos las consignas que emanaban de las autoridades del nuevo régimen. Pero, además, daba al ministerio correspondiente la atribución de nombrar a los directores, a propuesta de la empresa.
Juan Aparicio, delegado nacional de Prensa, fue el protagonista de aquel control que casi llegó a asfixiar a El Norte, pero que tuvo a Fernando Altés como hábil contrapunto, que logró mantenerlo a flote. Aparicio separó a Francisco de Cossío de la dirección el 26 de marzo de 1943 y lo sustituyó por el sacerdote Gabriel Herrero Herrero (Castromonte, Valladolid, 1899). Un nombramiento que vulneró la ley en la que se apoyaba, por cuanto se hizo contra el criterio de la empresa, cuyo gerente era ya Fernando Altés Villanueva.
Pero, cuenta José Francisco Sánchez, el descabezamiento de El Norte no quedó ahí. «Un día después, el 27 de marzo, es removido de su cargo el subdirector, Martín Hernández González, también sacerdote. La empresa interpuso el recurso pertinente, pero el 20 de julio del mismo año, la Delegación Nacional ratificó la destitución de Hernández como subdirector, si bien le permitió permanecer en el periódico como redactor de cultos». Martín Hernández (Villanueva de Duero, Valladolid, 1982) había entrado en El Norte como redactor de cultos en 1931 y era subdirector desde abril de 1938.

Masones y comunistas
El control del Estado llegaría aún más lejos. El 6 de diciembre de 1943, los redactores Eduardo López Pérez y José García Rodríguez fueron separados de sus cargos, bajo el pretexto de que se hallaban sometidos al Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo. Para cubrir las vacantes, el 15 de enero de 1944 ingresó como redactor jefe otro hombre ajeno a la casa: Ángel de Pablos Chapado, que había sido redactor del ‘Diario Regional’. De Pablos, que en 1967 llegaría a ocupar la dirección del periódico, tenía, como casi todos los redactores de El Norte, otra profesión: era uno de los funcionarios encargados de ejercer la censura previa de la prensa de la Delegación Provincial de Educación Popular.
De esta forma, Gabriel Herrero, hombre del régimen, dirigía una redacción en la que se había renovado a la mitad de sus miembros y en la que solo quedaban dos periodistas de los que ejercían antes de la Guerra Civil: Carlos Rodríguez Díaz y Emilio Cerrillo de la Fuente. La empresa solo había podido colocar a un joven Miguel Delibes como redactor de segunda para tratar de compensar la ‘ocupación’ de El Norte por parte del Gobierno.
Gabriel Herrero Herrero, «antiguo jonista» según Altabella, había sido hasta entonces colaborador del diario ‘Libertad’. Dice su ficha de El Norte que este sacerdote nacido en Castromonte en 1899, hijo de Policarpo y Genoveva, que oficialmente entró en nómina el 1 de abril de 1943, recibió inicialmente un sueldo de mil pesetas por su cargo de director. Figura también en la ficha su carné de periodista, de 1950, con el número 1057.

Enfrentado a todos
La posición de Gabriel Herrero no fue cómoda durante los 15 años que estuvo al frente de El Norte. Sabía que la empresa no le quería y que le consideraban incompetente para dirigir El Norte. Es más, ostentó el cargo de director de forma interina hasta el 27 de noviembre de 1956, fecha en la que el ministerio accede a nombrar a Delibes redactor sustituto y, acaso como precaución, nombra a Herrero director en propiedad, aunque apenas ostentaría el cargo un par de años más. Para entonces, además, Delibes era ya subdirector y ejercía como jefe de redacción, lo que dejaba a Gabriel Herrero en una situación casi de desamparo.
En esa época ya habían menudeado los enfrentamientos con quien le relevaría al frente de la redacción en 1958. Pero, además, Gabriel Herrero tuvo también desencuentros con la Delegación Provincial de Información y Turismo.
En 1954, según José Francisco Sánchez, El Norte había sufrido cuatro severas amonestaciones. La primera lo fue «por haber destacado insuficientemente la conmemoración del Primero de Abril, aniversario de la Victoria». El periódico ‘solo’ había publicado una fotografía de Franco a dos columnas y un pequeño editorial, también a dos.

A favor de los agricultores
La segunda amonestación es mucho más significativa, por cuanto demostraría que, a pesar de ser un hombre del régimen, Gabriel Herrero habría mantenido algo del espíritu de El Norte al salir en defensa de los agricultores ante una ley de difícil cumplimiento para los hombres del campo. Se trata de un texto publicado en la primera página del 21 de abril de 1954, que Sánchez atribuye a Herrero, aunque no está firmado. En forma de editorial, aunque titulado con un anodino ‘Comentario’, hace referencia a una notificación enviada al parecer a numerosos agricultores que habrían faltado al artículo cuarto de una ley de noviembre de 1942.
«Una ley –dice el comentario– que casi todos ignorarían y tampoco saben por qué, después de más de once años, alguien se ha acordado de aplicar, para desventura de estos hombres que no quieren más que trabajar para producir. Por la citada disposición se ordena que el día 31 de marzo todas las tierras en pajas tienen que haber sido aradas. Como siempre, la intención legisladora es magnífica, loable. Pero el agricultor no puede en treinta días, o poco más, alzar todo el barbecho...». Y añade, tras hacer algunas consideraciones sobre el clima que «aquí, en nuestra Castilla y en León, no es posible cumplir el artículo cuarto de esta ley que se va a hacer famosa».
Para la prensa de la época aquello era poco menos que desacato y el periódico recibió una severa advertencia, mientras que la figura de Gabriel Herrero y su autoridad en la redacción podía ser cuestionada en la Delegación Provincial de Información y Turismo.

Despido tormentoso
Si la llegada de Herrero a El Norte de Castilla constituyó un verdadero descalabro para la empresa, al suponer la ocupación ideológica directa y desprestigiar el diario debido a su inexperiencia, la salida no fue tampoco discreta.
Ni Juan Aparicio, ni Juan Beneyto Pérez, que le sustituyó en 1957 como director general de Prensa, accedieron a los requerimientos de El Norte para sustituir a Herrero en la dirección. Fue Adolfo Muñoz Alonso, que asumió el cargo en enero de 1958, quien tras una visita a El Norte, donde atendió a los requerimientos de Fernando Altés y de los consejeros, firmó el 27 de marzo de ese mismo año la rescisión del contrato de Gabriel Herrero.
Pero a Gabriel Herrero ya le habían despedido, sin que surtiera efecto legal alguno, casi un año antes. Cuando Beneyto tomó posesión del cargo de delegado nacional de Prensa, El Norte le remitió un escrito proponiendo a Delibes como director. Sin esperar la respuesta, el consejo de El Norte, según José Francisco Sánchez, decidió en mayo de 1957 rescindir el contrato con Gabriel Herrero, y se lo comunicaron por escrito el 22 de ese mes.
«Herrero no lo acepta porque estima que su nombramiento no lo debe a la empresa, sino a la antigua Delegación Nacional de Prensa, por lo que consideraba que El Norte carecía de facultades para despedirle. Por supuesto, tampoco aceptó la indemnización acordada». Para entonces, Herrero apenas tenía autoridad en la redacción, pero aún estuvo casi un año antes de abandonarla.

 

Poeta, bibliófilo, historiador... Nicomedes siguió vinculado a El Norte hasta su muerte.

 

 

La sombra de Altés. María Luisa Lovingos lo fue todo en la administración del periódico.

 

Sanz y Ruiz de la Peña
La redacción de Gabriel Herrero se modificó de forma sustancial a lo largo de sus quince años –al menos nominalmente– al frente de de aquel equipo. Al margen de los periodistas impuestos por la Delegación de la Prensa, en los primeros años continuó parte de la redacción que había trabajado con Cossío. Entre ellos figuran algunos nombres que tuvieron una gran trascendencia, acaso no tanto en el periódico como en la vida cultural vallisoletana. Es el caso de Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña (Valladolid, 1905-1989).
Altabella fija su estancia en la redacción del rotativo entre los años 1931 y 1943, aunque en los archivos de El Norte de Castilla su baja está fechada en 1948. Durante este periodo, desempeñó algún tiempo el cargo de redactor jefe. Nicomedes entró en el periódico tras el nombramiento de Francisco de Cossío como director y permaneció vinculado al rotativo hasta su muerte.
José Manuel Parrilla define a Nicomedes en ‘Personajes vallisoletanos’ como «poeta, bibliófilo, historiador, periodista, labrador de secano, áspero, tierno, socarrón, dominador de la ironía y buen dialéctico. Viejo y niño. Aproximadamente». Y añade, «en Valladolid, mentar a Nicomedes era decirlo todo, no hacía falta acumular los apellidos, aunque estos, en la altura de su árbol genealógico, llegaran a la época de Juan II de Castilla».
Director de la Casa de Cervantes, Nicomedes leía todos los días El Quijote en edición distinta. «Para su uso, dice Parrilla, poseía 150 ediciones de la obra inmortal, algunas de ellas ‘príncipe’ y otras con anotaciones de personajes ilustres».
Sanz y Ruiz de la Peña, que tenía una doble vinculación con El Norte por haber sido director literario de la Editorial Santarén, fue académico de Bellas Artes de la Purísima Concepción y corresponsal de la Real Academia de la Historia, entre otros cargos dentro del mundo de la cultura.
Sobre su carácter, Parrilla lo define con la forma en que resolvía situaciones en cualquier circunstancia:
«Un día le soltó a un purpurado vallisoletano, que comentaba su ascendencia humilde: Usted no desciende, eminencia, usted asciende. El que desciendo soy yo, que vengo por línea directa de un rey de Castilla».

Un puñado de alias
En aquella redacción seguía escribiendo Ángel Lera de Isla, un funcionario de Agricultura, especialista en temas agrícolas, que firmaba con el seudónimo de Arel. Trasladado a Madrid, trabajó durante los años sesenta como corresponsal en la capital de España, desde donde enviaba casi a diario su crónica.
Entre los años 1939 y 1941 ejerció como redactor jefe José García Rodríguez, que firmaba con el seudónimo García Platón y que suscribe en ocasiones la sección ‘En tres minutos’. García Rodríguez, que era funcionario del Museo Nacional de Escultura, permaneció en el periódico entre 1934 y 1963.
Rienzi era la referencia deportiva del diario. Tras este seudónimo se esconde Manuel Gómez Domingo, crítico deportivo. También desempeñó esta función Carmelo Sabater Varona, que permaneció en la redacción entre 1938 y 1967.
C. Kellex, o Coronel Kellex, fue otra de las firmas de la posguerra y su verdadero nombre era Conrado Sabugo. Aunque Altabella le define por sus crónicas de campaña, oficialmente no entró en El Norte como articulista hasta 1940. Dos años después deja la redacción al tener que trasladarse a Gijón, aunque mantiene sus colaboraciones. En 1959 desempeña la corresponsalía de Palencia hasta 1973.
Antonio Hernández Higuera, (Valladolid, 1912) ingresó en agosto de 1939 en El Norte como tipógrafo, con un jornal de 300 pesetas y se jubiló en 1981 como redactor. De él dice altabella que fue un buen taquígrafo, excelente cronista municipal y crítico de cine.

Las otras secciones
La guerra produjo estragos en todos los ámbitos y, por supuesto, también en el personal del periódico. En esta década ingresaron en la empresa nuevos trabajadores en todas las secciones. Algunos llegaron a tener un gran peso en El Norte, a pesar de no haber publicado una sola línea.
Una de estas personas fue María Luisa Lovingos de la Fuente (Valladolid, 1915). Entró en nómina en abril de 1938 como mecanógrafa secretaria, con un salario de 150 pesetas. Su trabajo empieza a hacerse indispensable en la administración de la empresa y asciende sucesivamente a oficial de 2 y de 1, hasta que en 1971 fue nombrada jefe de sección. Lo cierto es que la categoría profesional de María Luisa no reflejaba la dependencia que la administración del periódico tenía de su trabajo. Su vinculación y fidelidad a Fernando Altés le colocaron en un lugar de privilegio. La correspondencia más delicada, los archivos de personal de varias décadas y las gestiones más comprometidas del primer ejecutivo del periódico, Fernando Altés, pasaban por sus manos. María Luisa Lovingos se jubiló en enero de 1982.
La nómina de empleados de esta época es larga: M Nieves Álvarez Salvador, que entró como auxiliar administrativo en 1945 y se jubiló en 1990.
Emiliano Argüello Redondo, ‘caballero mutilado’, que fue ordenanza nocturno entre 1940 y 1982.
Ángeles Carmona Prada, mecanógrafa entre 1937 y 1979, año en el que se retiró, al cumplir los 65. Cuatro días después de jubilarse, se casó y en su liquidación le incluyeron 100.000 pesetas de ‘premio de nupcialidad’.
La administración de El Norte casi nunca era un lugar de paso. Lo demuestran trabajadores como José Colina Martín, que entró en nómina en 1926 y se jubiló en 1979. Una situación que se reproducía en los talleres, donde cajistas como Ángel Rojo López acumularon más de cinco décadas de antigüedad.

 

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