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  José Antich
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FIRMAS
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Cuarenta y cinco años en El Norte
GUILLERMO DíEZ
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«En un principio escribía a salto de mata, aprovechando cualquier baja o rincón que de forma provisional quedaba libre»

«Mi mayor satisfacción como aprendiz de prensa fue lograr subirme a ‘El Caballo de Troya’ y participar en sus últimas galopadas»

«Umbral llevaba ya tiempo en una emisora de radio en León y a Jiménez Lozano, más que en el periódico, le veía en Santarén, donde estaba como asesor y nos proporcionaba libros que, desde luego, no figuraban en el escaparate»

 

Si entrada en El Norte de Castilla la hice de la mano de Carlos Campoy, que por aquel entonces era jefe de redacción del periódico. Al coincidir en una serie de actividades, fui conociendo a otros compañeros de trabajo, con los que formaba una especie de tertulia peripatética que a veces anclábamos en la llamada tasca del Socialista, en la calle Zúñiga. La relaciones se interrumpieron al incorporarme a filas y, a mi regreso, me enteré de que mis compañeros y amigos hacían sus pinitos periodísticos en el rotativo vallisoletano. Eran estos Antonio Medina, Miguel Ángel Pastor y Paco Pérez; este último iniciaba su despegue literario bajo el seudónimo de Francisco Umbral.
Tras algunas publicaciones en ‘Diario Regional’, en 1961 resolví dedicarme por entero a El Norte, que era el gran decano de la prensa y con una tirada muy superior. A fin de cuentas, la remuneración era la misma: satisfacer el ego por ver el nombre de uno en letra impresa.
En un principio escribía a salto de mata, aprovechando cualquier baja o rincón que de forma provisional quedaba libre. Una de las primeras secciones en las que logré asentarme fue la ‘Última Columna’, que hoy ocupa a diario ese gran maestro de periodistas que es Alcántara y que, entonces, debíamos rotar entre varios. Años después sería Umbral quien, ya instalado en Madrid, se encargaría de mantenerla hablando de la «derechona» desde unas posiciones de «socialista sentimental» que nunca logré saber de dónde le habían surgido.
Pero, volviendo a lo que publicaba a mediados de los sesenta, me ha sorprendido encontrar diversos relatos firmados por mí e ilustrados por Pedro González Collado, ya que la narrativa nunca fue mi fuerte. Sin embargo, sí insistí en adentrarme en cuestiones literarias y teatrales. De hecho, cubrí entre los años 1965 y 1968, como comentarista, aquella rica e irrepetible experiencia de la Muestra Teatral, traída de la mano de Carmelo Romero.
Mi mayor satisfacción como aprendiz de prensa fue lograr subirme a ‘El Caballo de Troya’ y participar en sus últimas galopadas. Era aquella sección una de las más prestigiosas y críticas, causante, junto a la denodada defensa del agro castellano, de frecuentes arrebatos por parte del Ministerio de Información y Turismo, y sus jinetes habituales, Jiménez Lozano, Alonso de los Ríos, Francisco Umbral, Pérez Pellón, M. A. Pastor y otros que mi memoria no logra ahora fijar. El que aguantaba las agarradas en Madrid era Miguel Delibes, quien tuvo varios enfrentamientos con Fraga y llegó hasta tal punto su hartura que presentó la dimisión como director, aunque, dada su vocación por el periódico, rara era la tarde que no se acercaba por allí.
La censura lo impregnaba todo dentro del mundo de la información. Primero, a uno mismo, al autocensurarse y evitar pisar terreno peligroso; después, a los responsables de los medios, por sacudirse la reprimenda o la sanción, y por último, a través de algún juez o comisario policial excesivamente celoso de su obligación, como pude experimentar en propia persona.
Mi presencia en el periódico era más bien escasa, a pesar de que todos los servicios se encontraban en pleno centro de la ciudad, en la calle Duque de la Victoria. Así, en la planta inferior, junto a publicidad y administración, se encontraba el despacho de María Luisa, de la que los maledicientes decían que toda su capacidad afectiva estaba volcada en la empresa. Era la que nos pagaba y, desde luego, defendía los intereses del rotativo más que si fueran los suyos propios. En la planta primera se encontraba la redacción. Antes de ir a ella, solía pasarme por la salita de los dibujantes, Antonio Medina o Domingo Criado –quienes eran también los autores del chiste diario–, para que me hicieran los monigotes de algún artículo . Muchas tardes se refugiaba allí Miguel Delibes para despachar su correo. Yo casi entraba de puntillas y susurrando por el respeto que me inspiraba su persona. Pero, frecuentemente, era él quien rompía el silencio comentando algún incidente. Ya entonces era una de las primeras figuras literarias del país y por ello nunca he dejado de admirar su sencillez en el trato y su bonhomía.
A media tarde, en la redacción, no había casi nadie, algunos debían ir por la mañana o se reservaban para la noche con el fin de cerrar la edición, que era cuando se desataban los nervios. Solían estar Pastor, con algún volumen de la hemeroteca preparando la sección conmemorativa; Cerrillo, que hacia las críticas de los espectáculos, y Antonio Hernández. A Emilio Salcedo lo veía en la cafetería Osaka cuando salía del periódico. Umbral llevaba ya tiempo en una emisora de radio en León y a Jiménez Lozano, más que en el periódico, le veía en Santarén, donde estaba como asesor y nos proporcionaba libros que, desde luego, no figuraban en el escaparate.
La sección que más años me duró fue ‘Panorama Social’, que ocupaba al menos media página de aquel enorme diario y donde escribía sobre cuestiones sociales. Yo estaba desesperado porque creía que nadie la leía. Hasta que un día me contaron que todos los lunes se exponía en el tablón de anuncios de Fasa.
Solo abandonaba el periódico cuando ejercía algún cargo sindical o político que consideraba incompatible. Pero pronto regresaba, porque mi carácter más bien crítico me obligaba a tener la dimisión a mano. Al trasladarse al polígono de Argales, las relaciones personales cesaron, impidiendo aquellas entrañables y nostálgicas visitas.

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Firmas
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