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Fachada de la iglesia de Dan Martín de Frómista.
Álbum de la iglesia de San Martín de Frómista

Iglesia de San Martín de Frómista

En ese a modo de nudo de la cruz que dibujan el Canal de Castilla y el Camino francés a Compostela, San Martín de Frómista se erige en baluarte del patrimonio románico de la ruta jacobea. En 1066 fue fundado el antiguo monasterio por deseo y testamento de la condesa Doña Mayor, viuda del navarro Sancho III Garcés, siendo construido entre el ocaso del siglo XI y los albores de la siguiente centuria. Pronto perdió su independencia, pues en 1118 la reina Urraca lo donó al priorato benedictino de San Zoilo de Carrión de los Condes, bajo cuya órbita se mantuvo no sin tensiones y pleitos con el concejo, hasta la venta de los derechos sobre el barrio de San Martín a Gómez de Benavides, señor de Frómista, en 1427. Ya desde principios del siglo XIII languideció la vida monástica en San Martín, reducida a parroquia atendida por presbíteros. A finales del siglo XIV, gracias a las donaciones de nobles locales, se adereza el antiguo edificio con añadidos góticos, elevándose sobre el cimborrio una estructura torreada y abriéndose capillas. Ya el siglo XV se data el famoso Milagro de la Sagrada Forma, que se resistió a desprenderse de la patena cuando iba a recibir el viático el vecino Pedro Fernández Teresa, excomulgado por el impago de una deuda a un judío. Este maravilloso suceso tuvo tal trascendencia que alteró la propia advocación de la iglesia, de San Martín de Tours a San Martín del Milagro, e hizo conocida a Frómista como “villa del milagro”.

Pese a tan alta protección y debido al estado ruinoso del edificio, éste fue cerrado al culto el 1879, iniciándose el tortuoso proceso que condujo a la declaración del mismo como Monumento Nacional en 1894 y a la controvertida y fascinante restauración dirigida por Manuel Aníbal Álvarez entre 1895 y 1904. De su conclusión se celebra en el presente año el centenario con una exposición abierta junto a la iglesia durante los meses de julio a septiembre.

Ajenos a las polémicas entre adalides de la restauración y detractores de sus resultados, San Martín recibe anualmente miles de visitantes de la más variada procedencia geográfica, que por el fluir de la ruta jacobea o por amor al románico se rinden ante este auténtico manual del estilo. Muestra planta y soluciones bien avanzadas para su temprana fecha, con planta de tres naves abovedadas en cañón seguido con fajones y separadas por pilares cruciformes. Se corona con cabecera triple de ábsides semicirculares, avanzado el central, alzándose sobre el crucero un cimborrio poligonal que al interior se cierra con cúpula sobre trompas. Flanquean los ángulos de la fachada occidental dos torres cilíndricas al estilo de las vistas en San Zoilo de Carrión y Dueñas, abriéndose hoy entre ellas una fachada totalmente concebida y realizada a principios del siglo XX. Cuenta el templo con otras tres portadas, una al norte, antes protegida por un pórtico renaciente y otras dos al sur, de las cuales la principal fue románica en origen y muy transformada por la restauración arriba citada, habiendo servido la otra de acceso a una sacristía hoy desaparecida.

Junto a la repristinada armonía de sus volúmenes arquitectónicos, destaca la excepcional colección de escultura de sus capiteles y canecillos, tanto por los temas como por la calidad de los relieves. Trabajó aquí un excepcional escultor que halló inspiración en un sarcófago romano de la cercana Husillos, pieza decorada con la trágica historia de Orestes que sirve de excusa a un desnudo de rara plasticidad para el estilo románico. Otros capiteles muestran personajes cabalgando leones, avaros, escenas bíblicas como el Pecado Original, la expulsión del Paraíso, o la Natividad, fábulas como la del zorro y el cuervo, operarios en el proceso de construcción y otras composiciones de oscuro significado.


Texto y fotos: José Manuel Rodríguez Montañés

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