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Detalle de la portada.
Álbum del monasterio de San NIcolás

SAN JUAN DE ORTEGA

Hito vivo del Camino, el antiguo monasterio y hospital, refugio de peregrinos en los azarosos Montes de Oca, nació en los inicios del siglo XII de la mano de uno de los santos camineros de mayor renombre, Juan de Quintanaortuño o San Juan de Ortega, compañero de Santo Domingo de la Calzada y él mismo peregrino a los Santos Lugares. Fue tras este viaje, lleno de penalidades y riesgos, cuando el santo fundó esta casa dedicada a San Nicolás y poblada por canónigos de San Agustín hasta su entrega a los jerónimos, ya en el siglo XV. Favorecida por reyes y predilecta de la devoción popular, exenta del poder episcopal hasta la integración en su dominio y posterior cesión a los monjes de Fresdelval, sólo la desamortización de Mendizábal pudo acabar con su vigor.

Sólo su cabecera y el arranque del resto subsiste de la obra románica, paralizada al morir el santo, siendo rematada con transepto y cortas naves ya en época gótica (siglo XV) y severamente restaurada. Muestra la primera triple ábside abovedado, destacado el central y exteriormente ornado por robustos haces de columnas en cascada y arquerías ciegas. La escultura del interior, de bella factura, muestra acantos y los temas recurrentes de combates e híbridos, sobresaliendo los tres capiteles que recogen por el norte el arco toral del absidiolo del evangelio, donde el misterio de la Encarnación se sintetiza en un ciclo de la Infancia de Cristo con la Anunciación, Visitación, Natividad y Anuncio a los pastores, una de las más bellas y costumbristas representaciones del asunto de toda la escultura románica del Camino, más famosa si cabe por recibir sólo en los equinoccios (21 de marzo y 21 de septiembre) la fugaz visita de un rayo de luz.

En el crucero se alza además un magnífico monumento funerario gótico encargado por la devoción de los Condestables de Castilla. Se alza el baldaquino sobre seis arcos conopiales de elegantes tracerías, agujas y crestería, con ángeles portadores de los escudos de los Manrique y Velasco y caja presidida por la efigie del santo, cuya vida y milagros narran los relieves laterales. Albergó este baldaquino el primitivo sepulcro románico, más bien cenotafio, que hoy vemos en el ábside sur, pieza excepcional del arte funerario de los años finales del siglo XII. Se orna su inacabada lauda con friso de palmetas entre hojitas, zigzag y entrelazos y una escena de la ascensión del alma rodeada del cortejo fúnebre de eclesiásticos. En la caja se representó el Pantocrátor rodeado de los animales simbólicos de los evangelistas y el colegio apostólico bajo arquerías, al estilo de las mejores creaciones del taller burgalés que dejó huellas de su arte en el panteón de Las Huelgas Reales y en la propia seo de la capital.

De aquí procede también un pequeño Crucificado en marfil hoy conservado en el Museo del Retablo de la iglesia de San Esteban de Burgos.


Texto: José Manuel Rodríguez. Fotos: Jaime Nuño. Fundación Santa María la Real


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