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Detalle de la portada.
Álbum de la iglesia de Santiago en Villafranca del Bierzo, colegiata y castillo.

VILLAFRANCA DEL BIERZO


Al pie del Cebreiro, puerta de Galicia, en la confluencia de los ríos Burbia y Valcárcel, se instala Villafranca como uno de los hitos más importantes del Camino leonés. Quizás su origen se remonte al siglo X, bajo el nombre de Burbia y vinculada al dominio de la seo asturicense, aunque será ya a principios del siglo XII cuando se desarrolle la villa bajo el impulso de la ruta jacobea y de los monjes cluniacenses. En 1120, la reina Urraca entregó a la abadía borgoñona de Cluny la iglesia de San Nicolás “sita en la villa de Burbia, también conocida como Villa Franca”, nombre éste alusivo al origen de la mayor parte sus repobladores que terminará por imponerse poco después. A mediados de la duodécima centuria contaba ya una importante actividad comercial y tres iglesias: la antigua parroquia de San Nicolás, Santa María de Cluny y Santiago. La concesión de fueros de mano de Alfonso XI en 1192 consolidó el crecimiento de la villa, a la que se añadieron dos nuevos barrios, el vico maiori, al otro lado del Burbia, y el barrio sicco, erigiéndose en una verdadera ciudad.

En la época bajomedieval, al frente del señoríos de Villafranca se sucedieron grandes linajes como los de La Cerda, los Enríquez, los Castro-Osorio y los Álvarez de Toledo, quienes ostentarán también el título de marqueses. De su esplendor románico han sobrevivido los edificios de Santiago y San Juan de San Fiz de Corullón, junto a algunos restos del convento de San Francisco.


Iglesia de Santiago


La iglesia del Apóstol se emplaza en la zona oriental de la villa, junto al castillo y a la vera del Camino. Fue erigida hacia 1186 seguramente por iniciativa de la sede de Astorga, apareciendo ya en 1228 dentro de las posesiones de la diócesis en Villafranca. Es uno de los monumentos capitales del románico berciano y leonés, en buen estado de conservación. Consta de nave única sin división de tramos y cabecera abovedada de tramo recto presbiterial y ábside semicircular, levantado todo en sillarejo de pizarra con inclusión de algunas piezas graníticas de refuerzo en esquinales. Dos portadas dan acceso a la nave, una sencilla abierta en el muro occidental y la más monumental, conocida como la “Puerta del Perdón”, en el septentrional. Esta notable portada, protegida por tejaroz sobre canes de nacela, permaneció cegada hasta las obras de 1948. Consta de arco apuntado moldurado con dos gruesos baquetones entre medias cañas que apoyan en parejas de dobles columnas, rodeándose de tres arquivoltas abocinadas, profundamente decoradas con sucesión de finos boceles entre medias cañas, motivos vegetales de tratamiento espinoso y otros temas historiados, como el Colegio Apostólico y un Cristo en Majestad.

En los capiteles de la parte oriental se desarrollan temas de los ciclos cristológicos de la Natividad y Pasión, en un claro desorden compositivo, mientras que los de la parte occidental son meramente decorativos, vegetales y animalísticos. El interior del edificio se caracteriza por la parquedad de su escultura, recibiendo únicamente los capiteles del interior somera y deteriorada decoración vegetal.

Texto: José Manuel Rodríguez Montañés – Fotos: Jaime Nuño González


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