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| Pila
bautismal de Sta.
Mº/ J. L. Alonso
Ortega |
Álbum
de Santa María
de Sandoval |
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VILLAVERDE
DE SANDOVAL // MONASTERO DE SANTA
MARÍA DE SANDOVAL
El lugar de Villaverde,
perteneciente al ayuntamiento
de Mansilla Mayor, se sitúa
en la fértil vega delimitada
por la confluencia de los ríos
Cea y Porma, a unos 20 kilómetros
al sudoeste de León y a
escasos del trazado principal
de la ruta jacobea.
La promoción de Santa
María de Sandoval -casa
fundada en 1167- fue obra de
la familia de Pedro Ponce de
Minerva, protegido de la infanta
doña Sancha y alférez
del rey leonés Fernando
II, y sobre todo de su esposa,
Estefanía Ramírez,
quien fundara además
las casas cistercienses de Benavides,
Valbuena y Carrizo. Como filial
de La Santa Espina, el monasterio
masculino se instaló
en terrenos incorporados años
atrás al patrimonio familiar
por donación de Alfonso
VII. Iniciada la vida monástica
en 1171, las primeras décadas
fueron de constante aumento
del patrimonio y dominio monástico,
gracias a los favores de la
familia del conde y de la propia
monarquía leonesa. El
siglo XV fue un momento delicado
para el monasterio, que ingresó
a finales de esta centuria en
la Congregación de Castilla.
La Desamortización de
Mendizábal supuso la
expulsión de los monjes,
hecha efectiva el 27 de octubre
de 1835. A partir de aquí,
como en tantos otros casos,
se inicia un proceso de ruina,
expolio y abandono que sólo
se frena en fechas recientes,
gracias al empuje de algunas
personalidades y la Asociación
Pro-Monumenta, aunque la decadencia
ha hecho prácticamente
desaparecer del todo uno de
sus dos claustros y mantiene
en pésimo estado la Sala
Capitular, el claustro principal
y las dependencias anejas. El
voluntariado y el aún
dubitativo mecenazgo, junto
con la voluntad de los vecinos
de la comarca de Esla-Rueda,
aportan un halo de esperanza
al futuro de la venerable casa.
Conserva el monasterio su magnífica
iglesia convertida en parroquia.
Es un notable ejemplar construido
en caliza de planta de cruz
latina y triple nave, la central
más elevada, y cubiertas
con bóvedas de crucería
en sus tres tramos. El transepto
o nave de crucero, desarrollado
en planta, se cierra con crucerías
y en él destaca su portada
del lado norte -la puerta del
cementerio-, de arcos apuntados
en los que los interiores se
ornan con boceles quebrados,
sobre columnas coronadas por
capiteles de corte rigorista
y decoración vegetal
y de entrelazos. Es soberbia
su cabecera, compuesta de triple
ábside, el central oculto
por el retablo. Tras él,
merece la pena observar el juego
de ventanales rasgados, con
alguna licencia decorativa como
la columna que remata en voluta
a modo de báculo abacial.
La iglesia responde a sucesivas
campañas, siendo la primera
responsable de la cabecera,
el transepto y primer tramo
de las naves. Es obra de los
últimos años del
siglo XII y primeros del XIII,
y en ella se conjugan soluciones
típicas del románico
con otras ya anuncio del gótico.
Esta dualidad es también
visible en su escultura, donde
aún penetran ecos figurativos
en la espartana sobriedad que
caracteriza al Cister.
El gran proyecto tardorrománico
no encontró continuidad
hasta bien entrado el siglo
XV, momento en el que se rematan
los dos tramos más occidentales
de la nave, incorporándose
la modesta portadita abierta
en la nave del evangelio. Además,
ahora se elevan los brazos del
transepto, igualando el curioso
sistema a doble vertiente transversal
de origen. Nuevas obras se sucedieron
en el siglo XVII, momento en
el que se reforma el primitivo
claustro.
De las dependencias monásticas
quedan, más o menos maltrechas,
la fachada de la Sala Capitular
y la Sala de Monjes. Recientemente
se ha recuperado la sillería
del coro.
© Fundación Santa
María la Real-Centro
de Estudios del Románico
Texto: José Manuel Rodríguez
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