El
debate del Estado de la Región, por previsible,
resultó menos vivo de lo esperado. Fue
tan previsible para los contendientes principales,
Herrera y Villalba, que no se apartaron de un
guión que si lo escriben juntos, no les
hubiera salido tan parecido. Cinco años
y tres meses en la Presidencia de la Junta han
hecho que la capacidad de autocrítica
de Juan Vicente Herrera muestre signos preocupantes
de aletargamiento, que se traducen en que el
presidente fuera ayer de sobrado en muchos momentos;
de ahí los dos sonoros patizanos que
tuvo cuando empezó a referirse al jefe
del Gobierno de España solo como ZP,
lo que despertó las iras de los socialistas;
el segundo cuando se refirió a la vivienda
de Villalba, que Herrera creía sometida
a algún tipo de protección oficial,
alusión que tuvo que rectificar.
Pesó en exceso que el de ayer sea el
último examen parlamentario que pasará
Herrera antes de las elecciones del próximo
año. Por eso su balance detallado, en
el que solo se permitió una autocrítica:
la tasa de paro femenino «es todavía
demasiado alta». En el resto, en todas
las áreas, se pone a sí mismo
y a su Gobierno, como mínimo, un notable.
Menos en una, el medio ambiente: sonoro fue
su silencio sobre la gestión en este
área.
El líder socialista construyó
un discurso ocurrente, sobrio en las formas,
incisivo en el análisis de determinadas
áreas, como la sanidad o el urbanismo.
No tuvo piedad en ambas, pero dejó sin
rematar materias en las que se espera la respuesta
de quien volverá a presentarse ante los
electores como alternativa a Herrera. Así,
por ejemplo, cuando dijo que «es preciso»
dar a los jóvenes mensajes de esperanza,
no concretó el suyo. Y eso se notó
en otros ámbitos de la crítica
a la Junta, donde por esa falta de propuestas,
flaqueó. Villalba tuvo un entusiasta
apoyo de sus parlamentarios, pero algunos de
ellos se pasaron de la raya en las formas; demasiados
aspavientos que acabaron con cinco socialistas
amenazados de expulsión.
La máquina parlamentaria favorece a quien
gobierna, pero aún así Herrera
supo distribuir sus fuerzas, guardó la
artillería para responder a Villalba
por la tarde y se despidió de este a
base de sartenazos dialécticos del tipo
«Villalba es la mejor garantía
de que el PP seguirá gobernando Castilla
y León». Y echó sal en una
herida del grupo socialista, que utilizó
para hacer ver que él sí ejerce
la autoridad: si tiene que destituir a altos
cargos de Sacyl lo hace; Villalba, dijo Herrera,
trató de quitarse de encima hace unos
meses a su viceportavoz primero, el palentino
José María Crespo, «y su
grupo y su partido no le dejaron».
El de ayer fue solo un tímido avance
de lo que espera a los ciudadanos por parte
de sus dos principales líderes políticos
regionales hasta mayo del 2007. Habrá
que confiar en que tanto cruce de ataques lo
acompañen de propuestas positivas.