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DEL 28 DE ABRIL AL 7 DE MAYO DE 2006

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28/04/06

El filósofo y escritor José Antonio Marina. / ANDREU DALMAU-EFE

JOSÉ ANTONIO MARINA FILÓSOFO, ENSAYISTA, PREGONERO DE LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID

«Entiendo la filosofía como un servicio público»

El autor de 'Teoría de la inteligencia creadora' y 'Por qué soy cristiano' cree que los políticos están creando problemas que no saben resolver

Angélica Tanarro

Dentro de unas horas, el filósofo y ensayista José Antonio Marina (Toledo, 1939) hablará sobre 'La magia de leer' desde la carpa de la 39 Feria del Libro de Valladolid. Lo hará en su papel de pregonero. En las casetas estará un muestrario de su larga obra a la que acaba de añadir un nuevo título, 'Por qué soy cristiano'.

-¿Cómo es José Antonio Marina lector?

-Fui un lector compulsivo durante mi adolescencia y ahora intento recuperar esa pasión lectora. Porque durante muchos años he leído y leo mucho para escribir y para investigar y ahora recuperar la lectura como pasión puede ser el lujo de los años que vienen. Releo mucho por placer.

-¿Y qué relee, si se puede saber?

-En poesía, hay tres autores que releo siempre, que siempre están encima de la mesa: Neruda, Machado y Rilke. En filosofía, releo a Sartre y a Ortega. A Unamuno, no. Lo leí mucho de estudiante y quedé vacunado.

-Hay una idea que se repite en sus libros: 'La inteligencia culmina en la ética y tiene como fin la felicidad'. Es un buen plan. Pero ¿cuáles serían las herramientas?

-La capacidad creadora de la inteligencia. La inteligencia tiene muchos recursos que hay que desarrollar y que no solo tienen que ver con los conocimientos, sino con la gestión afectiva y de los sentimientos. Se trata de la capacidad de resolver problemas. A mí me gusta hablar de la 'inteligencia resuelta', en el doble sentido de la palabra: porque resuelve problemas y porque marcha con decisión. Hay tres peligros para la inteligencia: la pereza, el miedo y la maldad, que es una corrupción de la inteligencia. Si usamos bien los recursos, la propuesta es posible.

-En esta línea ¿no cree que la verdadera reforma educativa pendiente es lograr acabar con el analfabetismo emocional?

-Sin duda. Es una tarea urgente que otros países ya han comenzado. Porque nos encontramos con una serie de disfunciones sociales que no sabemos cómo resolver: la violencia, que se está extendiendo a las aulas; las conductas de riesgo, como los embarazos adolescentes o el fracaso escolar... Y los adultos tampoco lo estamos haciendo bien. ¿Cómo se puede solucionar esto? Empezando en la Escuela Primaria. Es ahí donde hay que enseñar sentimientos fundamentales como la seguridad, la compasión (porque se ha comprobado que si la compasión no se enseña en estas edades luego es difícil solucionarlo), el respeto por las cosas valiosas, y las normas básicas de la sociabilidad. Debemos saber que la felicidad es un proyecto privado, pero su realización es un proyecto colectivo. El dicho de que 'el buey suelto bien se lame', es un buen dicho para una felicidad de buey.

Toda la tribu

-Acabamos de estrenar ministra de Educación, ¿qué le diría?

-Que la educación no se arregla mediante leyes, sino que se necesita una movilización educativa de la sociedad. Como dice un proverbio africano, para educar a un niño hace falta la tribu entera. La sociedad debe darse cuenta de para qué está educando. Y esto no es solo una cuestión de los padres o de los educadores, aunque hay siete millones de escolares, lo cual es bastante, sino que incumbe a todos porque de ella depende nuestro nivel de convivencia.

-Ha dicho que el mundo no se arreglará sin erradicar las plagas de la miseria y la ignorancia y que para eso es necesario invertir 50.000 millones al año. Algo perfectamente posible, según usted...

-Pero no se invierten.

-¿Y eso le desmoraliza? ¿O la desmoralización es algo que no se puede permitir?

-Los educadores tenemos que ser optimistas profesionales, pues tenemos que pensar que hay algo que vale la pena enseñar y que se puede. Todos nosotros vivimos gracias a optimistas. Los que decían que la mujer es igual al hombre, que todos tienen derecho a la educación, a la protección médica y alas vacaciones pagadas... fueron tachados de utópicos y aquí estamos. En cuanto a esa cifra, es perfectamente asumible y es necesario que sigamos explicando que lo que hace falta es la decisión de acabar con esas lacras.

-En 'La inteligencia fracasada' habla de la estupidez. ¿No cree que cada vez tiene más prestigio social?

-Sí. Porque a la vista está que no hacemos más que plantear problemas que no sabemos resolver. Los políticos, por ejemplo, parecen empeñados en complicarnos la vida sacando problemas donde no había. Mientras, seguimos sin resolver los que heredamos del siglo pasado. Uno de los más importantes es el de la pareja. El modelo afectivo de siglos, que proponía una situación asimétrica en la que el hombre mandaba, hay que sustituirlo por una pareja simétrica, en la que impere la igualdad de condiciones y la reciprocidad y no lo estamos haciendo bien y está surgiendo un machismo entre los jóvenes muy preocupante.

-Ya que lo ha mencionado, ¿cómo ve el momento político español con la reforma de los estatutos de autonomía?

-Es uno de esos problemas inexistentes a los que me refería. Cada vez hay una separación mayor entre lo que le preocupa al ciudadano y lo que preocupa a los políticos y esa brecha es muy negativa.

-En su último libro dice que hay que llegar a la religión a través de la ética y no de la credulidad. Eso se lleva mal con el dogmatismo de la Iglesia.

-Efectivamente. Creo que los teólogos oficiales no me entienden cuando digo que las religiones son realidades privadas. Cuando una verdad privada entra en conflicto con una verdad universal, ya sea desde la ética o desde la ciencia, ha de quedar en ese ámbito. Si la religión dice que el mundo se creó en siete días y la ciencia demuestra que no fue así, esa verdad debe quedar en el ámbito privado. La ética protege la libertad de conciencia. Cuando las religiones se ven en peligro apelan a los derechos humanos. Cuando no lo están apelan al dogma.

-Algunos obispos achacan al laicismo del Gobierno la separación de los jóvenes de la Iglesia.

-No es así. Viene de antes. Es un fenómeno más profundo y más largo en el tiempo. En España ha habido un rechazo a la colaboración de la Iglesia con el régimen de Franco. No hay que olvidar que la Católica era la religión oficial del Estado y eso produjo mucho malestar y muy serios malentendidos. La Iglesia se mueve con mucha facilidad a la defensiva. En vez de entrar en los grandes debates se aferra al dogma y no aprovecha el tesoro ético del cristianismo. La figura de Jesús es maravillosa.

-El que usted haya apostado por la divulgación ¿ha mermado consideración a su obra en ambientes académicos?

-Sin duda. Hace poco se ha presentado una tesis sobre mi obra y el tribunal le decía al doctorando que yo no era un verdadero filósofo. Me da igual. Luego dicen que la Universidad no tiene vigencia social.... Cuando elijo un tema de investigación, lo analizo como si fuera a hacer una tesis y luego, en vez de eso, utilizo todos mis recursos para transmitírselo al lector.

-¿El filósofo es una especie en vías de extinción?

-Yo creo que la filosofía goza de buena salud, salvo la académica que se ha convertido casi toda en Historia de la Filosofía. Yo la concibo como un servicio público. Los que podemos investigar debemos salir a la calle y preguntar qué le preocupa al ciudadano y después estudiar el problema y darle una respuesta coherente.

 

 

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