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Sonia
Quintana
LA
culpa fue de Les Luthiers: ellos ensayaban en la casa
de los Calamaro, en el barrio judío de Buenos
Aires, ya que uno de sus integrantes, Carlos Nuñez,
fue novio y marido de la hermana de Andrés Calamaro.
Fue así como el pequeño Andrés
(Buenos Aires, 1961) dio sus primeros pasos en la música,
aunque no sería hasta 1978 cuando entraría
a formar parte de una banda, Raíces, por intercesión
de Sergio Makaroff.
En 1984, Andrés Calamaro inicia su carrera en
solitario con una tripleta de discos, ‘Hotel Calamaro’,
‘Vida cruel’ y ‘Nadie sale vivo de
aquí’, en el que participó Ariel
Rot. Esta colaboración supuso el germen de Los
Rodríguez (Calamaro, Rot, German Vilella y el
desaparecido Julián Infante), que tuvo un importante
éxito en España a partir de 1993, año
con ‘Sin Documentos’. Un año después
llegaría ‘Palabras más, palabras
menos’, con el que repitieron éxito, aunque
ya en ese momento el conflicto de egos Calamaro-Rot
había deteriorado las relaciones del grupo.
Es entonces cuando Andrés reemprende con ‘Alta
suciedad’ una carrera en solitario que alcanzaría
su punto álgido con ‘Honestidad brutal’,
doble álbum con influencias dylanianas, que se
ha convertido en una referencia básica del rock
en castellano. A partir de entonces, Calamaro se encerró
en una espiral de composición y grabación
frenética que fructificó en el quíntuple
‘El Salmón’, que tuvo como contrapartidas
problemas con su discográfica y una fuerte adicción
a las drogas. Abandonado por la inspiración,
Calamaro decidió rehabilitarse con ‘El
cantante’, con temas del cancionero latinoamericano
y tres inéditos, bajo la fórmula de fusionar
flamenco y jazz latino que tan bien explota Javier Limón.
Con el mismo productor y los mismos músicos,
aunque centrándose exclusivamente en el tango,
Andrés Calamaro ha publicado esta semana ‘Tinta
roja’, en el que se confirma que uno de los mejores
autores de las dos últimas décadas se
conforma con ser un mero intérprete. Juan de
Bonrostro
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