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NO están las cosas como para andar cambiando
los nombres de las ciudades, y menos el de la
capital de una comunidad tan afamada por el fruto
de sus viñas. Pero Valladolid bien podría
pasar a denominarse 'Valladovid' y abandonar los
guiños al olivo, una de las hipótesis
que se barajan de la rica toponimia de la ciudad
asentada a la orilla del Pisuerga.
Argumentos no faltarían para defender esta
frivolidad lingüística, ya que casualmente
la provincia de Valladolid ostenta un récord
en denominaciones de origen: Ribera del Duero,
Rueda, Cigales, Toro y Tierra de León,
a la que habría que añadir un importante
número de vinos etiquetados inscritos en
la mención de Vinos de la Tierra de Castilla
y León. Esto sería sólo un
baile de nombres si no estuviese cimentado con
un volumen de producción en vinos de calidad
y un número de bodegas que representan
al 38% de las 600 bodegas que elaboran vinos amparados
por una denominación en la comunidad. Sin
descartar que, precisamente en el ámbito
provincial de las denominaciones de origen más
veteranas y otras zonas de vino de gran relieve
enológico, como la encuadrada en el denominado
Duero medio, en el entorno de Tudela-Sardón
de Duero, se encuentra una veintena de marcas
prestigiosas, encabezadas por la centenaria y
emblemática Vega Sicilia, que destacan
de forma notoria en los ranking de los grandes
vinos del mundo.
Esta privilegiada situación ha proporcionado
la plataforma más extraordinaria para el
desarrollo del fenómeno enoturístico,
que consiste en poner en valor el espacio físico
y el elemento cultural que se deriva de la vitivinicultura
y que ha entrado en la oferta de ocio con inusitada
fuerza en los últimos años. Por
tanto, Valladolid, ya acostumbrada a liderar en
la parcela cultural la escultura policromada,
la profusión de novelistas y poetas o el
protagonismo en la historia, entre otras, puede
presumir de encabezar el enoturismo en la región,
apuntalado con el espacio museístico ubicado
en el Castillo de Peñafiel y media docena
de bodegas cuyos esfuerzos económicos se
han dirigido, además de a la elaboración
de vinos de calidad, a dotar a sus instalaciones
de la infraestructura necesaria para recibir de
forma organizada las visitas de curiosos, turistas
viajeros y profesionales.
El sector todavía no acaba de definirse
por entero en este otro servicio paralelo a su
planteamiento comercial de la venta de vinos.
Y son pocos los ejemplos que hacen una apuesta
seria, con apertura en fines de semana, con personal
destinado a orientar a los visitantes y con unas
instalaciones con encanto. Quien sí ha
puesto toda la carne en el asador –ojalá
se hiciera también en otros campos–
han sido las instituciones más importantes
del edificio social y económico de la provincia.
Empezando por la Diputación, el Ayuntamiento
capitalino y la Cámara de Comercio. Los
consejos reguladores y sus bodegas tienen padrinos
que para sí quisieran el hortelano o el
que cultiva remolacha.
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