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La multitudinaria misa de funeral por Miguel Delibes
vivió su momento álgido durante la lectura
de la homilía a cargo del administrador diocesano
Félix Zarzuelo. A continuación puede leer
las palabras del sacerdote en la despedida al escritor.
Homilía
Sacerdotes concelebrantes, Sras. ministras Vicepresidenta
y de Cultura, Excelentísimas e Ilustrísimas
autoridades regionales y locales familia de Miguel Delibes
y amigos todos:
Una vez más este misterio inefable del ser humano,
que nos maravilla y asombra cuando nace, que nos aflige
y sobrecoge cuando muere, nos ha convocado a todos en
esta Catedral. Algunos –vosotros, los hijos, los
hermanos, los nietos, la familia entera-, íntimos
y cercanos, unidos a la vida de Miguel Delibes, como
viven las ramas enlazadas al tronco del árbol.
Otros, los más, compañeros y amigos, discípulos
y lectores siempre de sus obras, queremos compartir
con vosotros el dolor y la esperanza. Y todos juntos,
creyentes y esperanzados, arropando con nuestra plegaria
a esta persona tan excepcional, para que, en este trance
de su llegada al más allá, se encuentre
con los brazos acogedores del Dios de Jesús de
Nazaret, ante el cual querríamos vivirnos como
hijos e invocarle en este instante como Padre.
Esta es una convocatoria para el dolor. Aunque la muerte
suceda en una edad avanzada, siempre llega pronto y
abre en nuestras carnes una herida con sangre. Duele
y mucho no ver ya esos ojos que se cruzaban con nuestra
mirada, no escuchar ese timbre de voz que acariciaba
nuestros oídos, no poder estrechar ya sus manos
entre las nuestras, ver vacío ese sillón
de casa en que él descansaba, no cruzarnos con
él paseando por la Acera Recoletos o el Campo
Grande. Lo que nosotros queremos deciros es que en esa
aflicción no estáis solos. Todos los aquí
presentes estamos a vuestro lado. Hemos venido aquí
como acudió Jesús de Nazaret a Betania,
cuando murió su amigo Lázaro: para estar
cerca de sus hermanas, Marta y María, acompañarlas
en su aflicción y confortarlas en su esperanza.
Nuestro pésame no es una fórmula fría,
huera y protocolaria; nace de lo hondo de nuestro espíritu:
“algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.
No sólo Valladolid que tiene en él a su
novelista más emblemático, “mi ciudad”
como dice en la dedicatoria de su última novela,
sino España entera, y la ancha comunidad de los
hispanohablantes, lloran hoy la muerte de uno de sus
más grandes escritores. Nos gustaría que
llegarais a sentir esta condolencia nuestra como se
siente en el cuerpo un cambio agradable de temperatura.
Para que esta celebración eucarística
se realice como la última cena de Jesús,
debe estar llena de acción de gracias. Gratitud
dirigida al Altísimo, manantial del que brotan
todos los bienes y valores que han presidido la vida
de este egregio escritor con toda razón, y por
tantos organismos, galardonado. Y agradecimiento también
a Miguel Delibes, que deseamos transmitir a vosotros,
a vuestra familia, porque tenemos contraída con
vuestro padre una deuda impagable. Suyo es el mérito
de haber sido maestro de periodistas, figura brillante
de la narrativa del siglo XX, con justicia galardonado
con los premios más altos: desde el Nadal, fruto
primaveral, hasta el Cervantes, el Príncipe de
Asturias, El Nacional de Literatura.
A Miguel Delibes le debemos no sólo su seguro
y preciso dominio del idioma, su facilidad para retratar
tipos y ambientes, sino el haber puesto esos talentos
al servicio de la verdad y del bien, el haber sido encarnación,
sin arrogancias ni alardes, del humanismo cristiano:
su preocupación por el mundo de los niños
(El príncipe destronado), el crecimiento de los
adolescentes (El camino), la soledad de algunos jubilados
(La hoja roja), la promoción de la mujer (Cinco
horas con Mario), la familia (Mi idolatrado hijo Sisí),
su clara simpatía por los débiles (Los
santos inocentes), la sabiduría recóndita
en el mundo rural (El disputado voto del señor
Cayo), la salvación de este planeta azul en que
vivimos, ya muy amenazado y envilecido por un abuso
egoísta de lo creado (Un mundo que agoniza),
la concordia con los que piensan de manera diferente
a la nuestra (El hereje).
A Miguel Delibes le debemos, frente al silencio y el
olvido de lo esencial, el recuerdo de la dimensión
trascendente del hombre, su relación amorosa
con Dios, su exigencia de respetar la más pequeña
brizna de vida, su reiterada condena del aborto.
A Miguel Delibes le debemos su fe, nunca puesta en cuestión.
Suyas son estas palabras: “He conservado toda
mi vida las enseñanzas religiosas que recibí
de niño y con los años han resurgido como
un rescoldo amortiguado...Ante la muerte es muy importante
y de gran consuelo tener un sentido de esperanza y pensar
que no todo termina en la corrupción del sepulcro...
A mis años –los últimos de mi vida-
yo solo espero y deseo encontrarme con Cristo en el
recodo del camino”. Cuando ha llegado la hora
del ocaso, del atardecer de su existencia terrena, ha
podido decir como el padre de Jorge Manrique: “Y
consiento en mi morir / con voluntad placentera / clara
y pura, / que querer hombre vivir / cuando Dios quiere
que muera / es locura”. O como su homónimo
del siglo XVII, también hijo predilecto de Valladolid,
dice al relatar la muerte de Alonso Quijano: «¡Bendito
sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En
fin, sus misericordias no tienen límite, ni las
abrevian ni impiden los pecados de los hombres... Señores,
vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de
antaño no hay pájaros hogaño».
En sintonía con su estilo, el más exquisito
respeto por otras visiones de la realidad, desde el
pesimismo de algunos epitafios medievales: pulvis, cinis,
nihil (polvo, ceniza, nada), pasando por el nublado
horizonte de Nikos Kazantzakis: “Llega la hora
del atardecer, dejo caer la persiana, recojo las herramientas,
me despido del trabajo, me echo a dormir, ya no despertaré”.
Miguel Delibes no piensa que el hombre sea un náufrago
que, rotas las velas de su nave, arriba a una isla desierta,
donde no hay nadie. Más bien piensa que unos
brazos amorosos nos acogen cuando nacemos, y unas manos
de ternura nos reciben cuando morimos. Lo cual no es
negar el lado oscuro de la muerte: por supuesto que
el cuerpo se convertirá en el sepulcro en polvo,
pero con la variante de Quevedo: “serán
ceniza, más tendrá sentido, polvo serán,
mas polvo enamorado”. O como dice Benedicto XVI:
“La oración del cristiano no es el “Dies
irae”, el día de la cólera, sino
el Maranatha, “Ven, Señor, no tardes”.
A Miguel Delibes, en esta hora crucial, no le sigue
la soledad ni el vacío: le acompañan sus
buenas obras, como dice el libro del Apocalipsis; la
buenas obras de misericordia, que hemos escuchado en
las página del evangelista San Mateo.
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