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«Nadie creía que una señora hablando
con un muerto tuviera éxito en un escenario.
Nadie confiaba en ello», insiste desde su despacho
madrileño el veterano productor José Sámano.
El pasado 26 de noviembre se cumplieron 30 años
del estreno de la primera versión para teatro
de una obra de Miguel Delibes: la tragicomedia en forma
de monólogo ‘Cinco horas con Mario’.
Una proyecto que, curiosamente, estrenó la rica
veta escénica de los textos delibianos por su
aparente imposibilidad de llevarlo al cine. «Quise
hacer ‘Cinco horas con Mario’ en cine unos
años antes (1973), pero no me salía –recuerda–.
Era imposible ese texto para el celuloide».
Y lo dice un auténtico experto en llevar a otros
géneros artísticos al escritor vallisoletano
(en cine debutó con ‘Retrato de familia’
–1976–, basado en ‘Mi idolatrado hijo
Sisí’). Hablar de la llamada Trilogía
Teatral Delibes (‘Cinco horas con Mario’,
‘Las guerras de nuestros antepasados’ y
‘La hoja roja’) pasa inevitablemente por
la experiencia y el saber del productor cántabro.
Ironías de la vida artística, la frustración
por no poder llevar la obra al séptimo arte,
le ayudó a curársela, seis años
después, otra vallisoletana unida por siempre
a la obra del escritor. «Lola Herrera me dijo
que le habían propuesto hacer ‘Cinco horas
con Mario’ y decidí hacerme cargo»,
continúa el productor. Y lo hizo con todas las
ganas ya que en apenas dos meses, entre septiembre y
noviembre de 1979, la obra estaba armada y lista para
el estreno.
Una primera subida de telón que «hicimos
aterrados». Así recuerda la actriz vallisoletana
aquella primera función en el teatro Marquina
de Madrid. Todo el proyecto fue un cúmulo de
riesgos, «contra viento y marea», en el
que ni el propio Miguel Delibes parecía estar
muy de acuerdo, a pesar de que hizo la adaptación
escénica ‘ex aequo’ junto a la directora
de la obra, Josefina Molina –que además
debutaba–, y el propio Sámano. En los ‘créditos’
de aquella aventura se colaban otros ilustres como Luis
Eduardo Aute, autor de la música.
«Aunque no teníamos ningún trato
previo, me atreví a hablar con Miguel y me dijo
‘haz lo que quieras’», rememora la
gran intérprete. Pero a la Herrera no le amilanó
saber que era la quinta actriz a la que le ofrecían
el papel de esa Menchu Sotillo, que desgrana la vida
en común con el finado Mario, de cuerpo presente.
¿Quién podía atreverse a declamar
cinco horas de lectura, condensados en 85 minutos de
función, sin que faltara nada del ‘encaje
de bolillos’ que era el tratado de sociología
marital-rural que escribió Delibes?
Estas y otras dudas quedaron superadas por las más
de dos mil actuaciones que, durante diez años,
ofrecieron por los escenarios del Estado.
Antes y después
Desde luego a la actriz le cambió la
vida. «Aceleró mi balance de vida. Soy
una Lola antes y después de ‘Mario’.
Me llevó a una depresión pero también
a volar a gran altura». El éxito fue tal
que, en los diez años seguidos que se estuvo
representado (en dos etapas), superó los dos
mil funciones.
Luego llegaron las otras dos traslaciones de las obras
de Delibes al teatro con ‘Las guerras de nuestros
antepasados’ y ‘La hoja roja’. Pero
fue ‘Cinco horas...’ la que diluyó
los temores de Delibes respecto a las adaptaciones,
demostrando que un clásico supera como nadie
la prueba del tiempo.
Muchos años antes, Delibes había explicado
por qué nunca había escrito para el teatro.
«Me coarta mucho su limitación de tiempo
y espacio. Es decir, que lo que ocurre en el drama que
tú quieres narrar no tenga más de una
hora y media o dos».
El caso es que, con el nuevo milenio (2001) y por empeño
de la Junta de Castilla y León (a la que se acusó
de ‘tirar la casa por la ventana’ con el
proyecto), los mismos protagonistas volvieron a subir
a los escenarios durante más de dos años
la obra. El reestreno abrió la temporada del
Teatro Calderón de Valladolid 2001-2002. Era
la tercera y última vez que Herrera se ponía
en la piel de Menchu Sotillo.
La conversación sobre aquellos tiempos relaja
la guardia del veterano José Sámano que,
de repente, confiesa que habrá reposición
de ‘Cinco horas con Mario’. Y que no tardará.
«Se repondrá, con otra actriz, por supuesto,
a lo largo de este año», avanza. Cuando
Lola se entera de esa noticia confiesa que «me
gustaría sentarme en una butaca y ver lo que
hacen. Se me abrirán nuevos horizontes de un
personaje tan rico». Lo dice porque sigue viendo
a su Menchu como un prototipo de mujer del que «todavía
hay muchas en España, por mucho que se vayan
de vacaciones a un crucero o vistan ropa de marca»,
se despide la actriz desde su casa madrileña.
También de la mano de Sámano y como tomando
el relevo del declinar de la primera etapa de Mario,
José Sacristán se instaló en el
imaginario del autor castellano con su papel de Pacífico
Pérez en ‘Las guerras de nuestros antepasados’.
Arrancó en el Teatro Bellas Artes de Madrid un
7 de septiembre de 1989. Tal vez no tuvo el éxito
de cifras de la primera, pero permaneció en cartelera
hasta 1992, siendo representada por toda España
y con temporada en Buenos Aires. Manuel Galiana tomó
el relevo de Sacristán en la última temporada
de la obra que dirigió Antonio Giménez-Rico.
El mismo actor fue el que dio vida al personaje en el
proyecto que sufragó el Gobierno regional.
Sin embargo, tal vez fue la que más ha calado
entre el público, seguramente por su inagotable
actualidad. «La obra tiene más vigencia
que nunca dado el ambiente de guerra y violencia que
vive el mundo actualmente», decía antes
de su reestreno el 31 de mayo del 2002, en la citada
Trilogía Delibes del nuevo milenio, el escritor
Ramón García, que la adaptó al
teatro junto al propio escritor.
Crónica
de ayer y de hoy
En la obra, Pacífico Pérez se
confiesa desde su internamiento en un sanatorio psiquiátrico
ante el doctor Burgueño con la sabiduría
de los seres a los que la sociedad lleva al límite.
Cualquier espectador descubriría en sus reflexiones
el miedo a la ‘guerra de civilizaciones’
o ‘religiones’ que sacuden el mundo en los
últimos decenios.
Un texto tan actual que también triunfó
en París con la versión francesa (‘La
guerre promise’) que estrenó el actor franco-argentino
Oscar Sisto el día que Delibes cumplía
74 años: 17 de octubre de 1994.
Entre estas dos grandes obras se coló la tercera
pata sobre la que se asentó el no muy extenso
universo teatral del autor de ‘El hereje’:
‘La hoja roja’. Aquel septiembre de 1986
fue muy especial para el escritor. El día 6,
coincidiendo con su nombramiento como Hijo Predilecto
de Valladolid, el Teatro Calderón asistió
al estreno de este texto, cuya novela cumplió
medio siglo el pasado año. Manuel Collado se
encargó de dirigir a sus protagonistas, Narciso
Ibáñez Menta (en el papel del viejo Eloy)
y María Fernanda D’Ocon (como la criada
Desi). «¿Que cuanto debo a esa Desi? –la
D’Ocon exagera el gesto tratando de recordar un
estreno sobre el que se ha depositado casi un cuarto
de siglo de intensa vida sobre los escenarios–.
«Desi era el candor frente al universo de un anciano
que vive de sus recuerdos. Delibes nos ayudó
no sólo a hacer buenos papeles sino a entender
el alma humana».
Este tratado de soledad y abandono, que algunos llegaron
a calificar como su mejor novela, fue para Sámano
un nuevo reto en su traslado de un género al
otro. «Su estructura novelística difería
mucho de ‘Mario’ y ‘Las guerras...’,
ambas mucho más cercanas a lo teatral y, por
tanto, de traslación más simple»,
recuerda.
De hecho, no alcanzó la segunda vida que si tuvieron
las anteriores. A pesar de los insistentes compromisos
de que sería repuesta y que, tanto el texto como
la escenografía vivirían muchos cambios
con respecto a su primera versión, la Trilogía
Teatral Delibes se quedó sin el remate final.
Un proyecto fallido (y nunca explicado por la Administración
regional) que no impidió que Miguel Delibes le
dedicara a Sámano parte de su intervención
por vídeo durante la inauguración de la
sala que lleva su nombre en el teatro Calderón.
Sin romper su negativa a asistir a actos sociales, aquel
22 de febrero del 2006 mostraba su agradecimiento a
quien «me mostró el camino del teatro y
las posibilidades de algunas de mis obras». Algo
que hizo, según Delibes, «sin apenas esfuerzo».
«Yo empecé muy lejos del teatro. Escribí
una novela (‘La sombra del ciprés es alargada’),
me dieron un premio (Nadal 1948) y me dijeron que siguiera
por ahí, lo que hice sin pensar en nada de teatro».
Cuarenta años de amistad y muchas horas compartidas
le llevan a Don Miguel a destacar el instinto teatral
del único que se atrevió a adaptar obras
suyas. Una conclusión a la que seguro que Sámano
le pondría unos cuantos ‘peros’,
aunque no le impedirá una nueva aventura por
el profundo surco literario que trazó el que
sin duda ha sido el más profundo relator del
alma castellana.
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