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  El viejo periodista


«Delibes solía utilizar el símil del jardín inglés para explicar la pervivencia de un periódico centenario. Las instrucciones para conseguir un césped alfombrado, que se obtiene con el corte mantenido, semana a semana, 'y así durante cien años'»


13.03.10 - 01:25 -
ÍÑIGO NORIEGA | DIRECTOR DE EL COMERCIO, FUE SUBDIRECTOR DE EL NORTE DE 1991 A 2004


Unos días después de empezar a trabajar en EL NORTE DE CASTILLA, en octubre de 1987, conocí a Miguel Delibes. Lo encontré en el descansillo de la primera planta de las escaleras de hierro de la antigua sede, la de Duque de la Victoria, desde donde se accedía a los despachos, al Taller y, un piso más arriba, a la Redacción. Le saludé como si nos conociéramos de toda la vida, y él me devolvió el saludo. Después caí en la cuenta de que era él y que nadie nos había presentado, aunque uno de los motivos que me habían hecho especialmente atractiva la oferta de trabajar en el viejo diario castellano había sido el que se tratase de 'el periódico de Delibes'. La muletilla era y sigue siendo de uso común para referirse a EL NORTE. Hacía muchos años, al menos dos décadas, que Miguel no trabajaba en él, aunque mantenía una relación cercana como accionista, como consejero de la sociedad y también como miembro del conocido como 'consejillo'.
Los caminos coincidentes o paralelos que ambos, periódico y escritor, han transitado durante los últimos... ¡setenta años!, han dejado honda huella en ambos. Delibes solía utilizar el símil del jardín inglés para explicar la pervivencia de un periódico centenario. Las instrucciones para conseguir un césped alfombrado, que se obtiene con el corte mantenido, semana a semana, «y así durante cien años», las aplicaba al diario: cada mañana ver la luz, pulsar los afanes de su sociedad, narrar la pequeña historia de su ciudad, sus pueblos, su país, «y así durante 135 años». Ilustraba de esta forma el poso, el arraigo, la imbricación de EL NORTE con su tierra y su gente, ante los entonces jóvenes periodistas, ansiosos de cambiarlo todo, de rejuvenecer el periódico sustituyendo firmas, rehaciendo secciones e incluyendo nuevas, renovando las tipografías. «Así está bien, es la pátina del tiempo», comentaba entre chanzas cuando alguien proponía limpiar las claraboyas que coronaban el viejo patio de hierro de la sede del diario, y que apenas dejaban pasar algo de claridad. Esa misma pátina es la que procuraba que EL NORTE mantuviera en su tono, en su aspecto. Nos discutía determinadas fórmulas manidas, lugares comunes, tratamientos inapropiados, y se oponía a que elimináramos sistemáticamente todos los 'don' y 'doña', incluso que no mantuviéramos determinados giros y localismos.
Aquél día del que hace casi un cuarto de siglo en que nos saludamos por vez primera y a partir del que continuamos saludándonos, yo era un periodista en ciernes, recién incorporado a EL NORTE, con apenas experiencia, y él era hacía tiempo un mito vivo de la literatura y el periodismo. Todo sea dicho, lo del mito siempre lo llevó bastante mal: tengo para mí que sus grandes zancadas, el paso rápido, los hombros vueltos hacia sí, con los que recorrió, años y años, las calles de Valladolid hasta formar su perfil andarín del álbum de la memoria de la capital castellana, iban destinados a evitar ser permanentemente interpelado por sus innumerables lectores.
De Delibes había leído unas cuantas cosas antes de sospechar que acabaría en el periódico al que su nombre está indisolublemente unido. El retrato que me hacía de él a partir de las lecturas casó con naturalidad con el que el trato fue conformando, quizá algo más arriscado y, al margen de estereotipos y clichés, en línea con la propia idiosincracia del carácter de la tierra: austero hasta lo espartano en las costumbres, de trato afable, palabra rotunda y precisa, carácter recio y carcajada franca. Pesimista hasta lo depresivo, utilizaba la ironía como escudo ante los males del mundo.
«Ay, Íñigo, qué duro es envejecer», soltó en una ocasión tras una discusión sobre la línea que debería seguir un nuevo suplemento de Economía, quizá sintiendo que su resistencia comenzaba a decaer, sin saber que la de quienes pretendíamos otro enfoque se mantenía sólo en apariencia.
A principios de los noventa comencé a participar los martes en el mencionado 'consejillo', en el que mantuve un trato más cercano y continuo con Delibes. EL NORTE de por aquél entonces contaba con ese órgano, creado durante el franquismo para respaldar el trabajo de la Dirección, y había pervivido, como algunos de sus longevos miembros, a lo largo de décadas. Con carácter consultivo e informal, sin funciones definidas, se trataba de una tertulia sobre las cosas del diario y, en los días más tranquilos, sobre cualquier otro asunto, más humano que divino, en la que estaban representados los principales propietarios. Repantingado en su lugar fijo, junto a Rubio Sacristán, el primero con su permanente cazadora de napa y el segundo con sus trajes de impecable corte de los años setenta, Miguel solía traer, doblados en dos o en cuatro, recortes del diario de los últimos días, o anotaciones en uno de los trozos de cuartilla reciclada de los sobrantes de papel de periódico que usaba para escribir:

-¡Pero a quién se le ocurre llamar 'Paco Suárez' a la calle del Padre Francisco Suárez!
-Es la zona de copas, la gente la conoce así coloquialmente...
-¡No, hombre, no! Mira que llamarle Paco a don Francisco...

O cualquier otro comentario sobre una opinión vacía o una redacción pretenciosa. Entonces, Jiménez Lozano terciaba, disculpando el error, o sacando algún otro asunto que distrajera la atención. Aunque no todo eran reprimendas. Miguel Delibes era el mayor defensor de la Redacción y de los periodistas, aunque fuera exigente en la demanda de textos limpios y directos, ideas sensatas, sin florituras: «Una cosa es la Literatura y otra el Periodismo, Paco», recordaba Umbral como la única lección de escribir en periódicos que le habían dado nunca.
Disfrutaba como un novato con las exclusivas de última hora en noticias nacionales o internacionales frente a los periódicos de Madrid, y mostraba interés en pequeñas noticias de los pueblos, o sobre personajes populares, que le llamaban la atención. Criticaba la verborrea política, y reclamaba a los periodistas el permanente «distanciamiento del poder», mientras extendía los brazos con las palmas vueltas al frente para subrayarlo. Defendía los gráfícos informativos, en una época en la que la infografía iniciaba sus pasos en la prensa española. Y aportaba recetas sencillas y eficaces, que hoy en día siguen siendo válidas:
-El domingo hay que dar una buena entrevista y un gran reportaje.
No es otra cosa lo que, en esencia, seguimos haciendo hoy, y lo que la superabundancia de información reclama cada vez con más insistencia: Ideas claras, lenguaje preciso, opiniones independientes: periodismo verdadero.