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Vio crecer al Mochuelo y al Nini; salió al campo
con Lorenzo el cazador; sintió de cerca el pálpito
vital del viejo Eloy, del señor Cayo, de Pacífico
Pérez, de Gervasio García de la Lastra…
Hasta que se encontró el paquete de tabaco con
su propia hoja roja. Entonces terminó El hereje,
el libro que le debía a su ciudad de Valladolid,
y dejó de escribir. Pero sus personajes lo siguieron
acompañando siempre. «Ellos –reconoció
en su discurso de recepción del premio Cervantes–
eran los que evolucionaban y, sin embargo, el que cumplía
años era yo. Hasta que un buen día, al
levantar los ojos de las cuartillas y mirarme al espejo
me di cuenta de que era un viejo».
Ahora que se ha ido, se puede decir bien alto y bien
fuerte que lo único que no le ha dado la vida
literaria a Miguel Delibes es el premio Nobel de Literatura.
Y eso a pesar de que sus novelas han llevado más
lejos que las de ningún otro escritor de su tiempo
la rotunda belleza de la lengua castellana. Él
fue el primero en demostrar que se puede mirar el mundo
de tú a tú sin tener que salir de la tierra
propia. El ejemplo mayor de hasta qué punto lo
universal termina siendo lo local pero sin puertas.
Llevó una vida de ficción muy real, y
ha sabido mantener hasta el último día
de su vida la dignidad aleccionadora de los grandes
escritores.
Decir Miguel Delibes es decir narrativa en lengua castellana,
pero también es decir periodismo de altura. Si
El Norte de Castilla no puede entenderse sin Miguel
Delibes, Miguel Delibes no puede entenderse sin El Norte
de Castilla. Su talante cultural no sólo ha marcado
a generaciones de periodistas, sino que ha servido para
ilustrar de manera perenne la grandeza de un oficio
que tanto más se ha equivocado cuanto más
ha tenido la tentación de alejarse de las que
son sus verdaderas esencias literarias.
El retrato, empero, no quedaría completo si no
recordamos también el carácter precursor
de Miguel Delibes como defensor de la Naturaleza. Con
'Un mundo que agoniza', pero también con todas
y cada una de sus novelas 'al aire libre', el escritor
fue elaborando el impresionante certificado de defunción
de toda una cultura: el final de la vida en el campo,
de los ciclos de las cosechas, de la estrecha convivencia
del hombre con los animales…, pero también
el final de tantas y tantas palabras de nuestra lengua
castellana nacidas del sudor, el miedo, el esfuerzo
y las esperanzas de los hombres del campo. Toda una
civilización milenaria que quedó grabada
con letras de imprenta en su inmensa obra narrativa.
Y, por supuesto, la persona. Cuando le he vuelto a ver,
después de veinte años de mi primera entrevista,
en la misma casa, bajo el mismo retrato, rodeado de
los mismos libros, Miguel Delibes seguía siendo
el mismo pesimista con la misma vibrante ironía
que, después de tantas novelas y tantos personajes,
confesaba lo insoportablemente banales que podían
ser los vivos en comparación con los muertos.
«Al palpar la cercanía de la muerte –dice
una de sus citas más conocidas–, vuelves
los ojos a tu interior y no encuentras más que
banalidad». Al recibirnos en su casa hace apenas
unos meses, todavía tenía el humor de
darnos una ‘primicia’ periodística:
durante años pensó que José María
Pemán, el gran vate oficial del régimen
franquista, le había robado la cartera en el
curso de un viaje por Italia… Y un consejo, esta
vez en serio: «No dejéis de trabajar por
el campo». Y otro más: «Cuidad que
no salgan tantas faltas de ortografía en el periódico».
Con el cuerpo maltrecho, don Miguel ha conservado hasta
el último minuto la lucidez y la cabeza que siempre
temió perder desde que sacó la hoja roja.
«Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que
conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué
cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la
del señor Cayo, la de Pacífico Pérez,
la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la
que debo conservar? (...) Antes que a conservar la cabeza
muchos años a lo que debo aspirar ahora es a
conservar la cabeza suficiente para darme cuenta de
que estoy perdiendo la cabeza. Y en ese mismo instante
frenar, detenerme al borde del abismo y no escribir
una letra más», dijo también en
la ceremonia del premio Cervantes. Por fortuna no fue
así.
Ahora don Miguel se ha ido, y yo sólo puedo recordarle
con la alegría con la que celebró con
quienes hacíamos la revista El Cobaya los sesenta
años de la publicación de La sombra del
ciprés es alargada. Saliendo con él del
cementerio de Ávila, con la nieve purísima
crujiendo bajo la suela de los zapatos, quiero recordar
la frase con que se cierra ésta su primera novela:
«Y por encima aún me quedaba Dios».
Así sea.
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