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Se han profesado tanto cariño y respeto mutuo
que cuesta creer que un día fueron jefe y subordinado.
Sobre todo, con los dardos que suelen recibir los superiores
de los que tienen por debajo, resulta hasta exótico
oír hablar a Manu Leguineche del que fue su director
en El NORTE, Miguel Delibes. En su libro 'El club de
los faltos de cariño' (2007), el eterno enviado
especial dice del novelista que dirigía la Redacción
«con la elegancia de Von Karajan al frente de
una orquesta». «No me gusta mandar y mucho
menos ser mandado, salvo por Miguel Delibes y algún
que otro genio más», confesaba Leguineche
a Pepa Fernández, en RNE1 en junio del 2007.
Pues si para Leguineche fue un placer estar a las órdenes
de Delibes, algo similar parece que sentía gran
parte de la Redacción que rodeó el periodista-novelista,
un equipo que sería incapaz de concebir el mismísimo
Florentino Pérez de la prensa si alguna vez existiera:
Francisco Umbral, José Jiménez Lozano,
José Luis Martín Descalzo, Javier Pérez
Pellón, César Alonso de los Ríos,
Emilio Salcedo y el ya mencionado Leguineche. Una generación
irrepetible, dignísimos vasallos que sí
tuvieron buen señor, un señor que puso
en marcha una Redacción de vanguardia en lo periodístico
y en lo laboral: aprobó la paga extra de Navidad
para la plantilla.
Ese equipo rezumaba juventud y talento, eso debía
quitar el sueño de las autoridades del régimen,
que no dejaron de luchar hasta ver a Delibes fuera del
despacho de director. Pese a todo, le dio tiempo a poner
en marcha proyectos cuyo calado hablan de la capacidad
de Miguel Delibes para concebir el periódico
como un espacio de debate, un foro de cultura. En 1964
Julián Marías inaugura la Sala de Cultura
de EL NORTE, y en esa misma época ven la luz
'Los martes de EL NORTE', ciclos de conferencias, y
el Cineclub, que se inauguró con 'Ciudadano Kane'.
Casi al tiempo, Delibes es apartado de la Dirección
del diario, pero no de la marcha del periódico.
Otro testimonio sobre el Delibes periodista lo ofrece
Celso Almuiña, catedrático de Historia
Contemporánea de la UVA, quien recuerda que cuando
él empezó a frecuentar el periódico,
Miguel ya no era director. «Había tenido
que renunciar a la dirección precisamente al
ponerse en marcha la ley Fraga (1966), de la cual se
esperaba mucho más libertad y que el artículo
2ª, cual espada de Damocles, amenazaba constantemente
la cabeza del director. A Delibes, que venía
ejerciendo la dirección desde 1958, le sonaba
todo aquello como la misma música de siempre
con pequeños maquillajes en la letra. Dimitió,
pero no se fue del periódico, con el cual le
unían muchos lazos profesionales, económicos
y desde luego afectivos», recuerda Almuiña.
A Madrid
La generación de los 60 que había
salido de la escuela de Delibes ya había volado
a Madrid buscando una audiencia nacional. Atrás
quedaban suplementos como 'Ancha es Castilla' o 'El
Caballo de Troya'. «Miguel llegaba generalmente
a primera hora de la tarde al periódico. Visitaba
al director, saludaba a los redactores, y normalmente
venía a la sala de Consejos -donde habían
tenido la deferencia de ubicarme (Almuiña trabajaba
en su tesis doctoral, un completo análisis de
la dinámica de la prensa vallisoletana durante
el siglo XIX)- a ver cómo iba mi tesis y qué
anécdotas o descubrimientos había hecho.
En invierno, pero también en primavera y otoño,
casi siempre llegaba quejándose del frío
helador de la calle. Realmente es un friolero. He escrito
algo sobre ello, no recuerdo cuándo. Luego se
metía en la salita de teletipos y se ponía
a escribir en unas amarillentas cuartillas de redacción,
en las cuales, aparte de los correspondientes artículos
o comentarios, se enfrascaba en la escritura -letra
desgarbada y difícil- de la novela de turno.
Así convivían, por cierto en aquel incómodo
rincón y minúscula mesita, el periodista
y el novelista; tal vez en aquel momento el novelista
ya le había ganado la partida al periodista.
No obstante, Miguel seguía la actualidad con
gran atención e incluso en momentos determinados
-cuando sonaba un estridente timbre ante noticias relevantes-
con fruición como en sus mejores tiempos de responsable
máximo del periódico. La reunión
semanal del consejillo de notables era uno de los momentos
de regustillo especial para Miguel y de expectación
para la Redacción, puesto que de allí
salían directrices generales, sugerencias, alabanzas,
pero también llamadas de atención, cuenta
Almuiña.
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