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Miguel A. Pindado Enviado especial a Pontevedra
¡Campeones, campeones! Un grito tan deseado,
tan anhelado y tan buscado que se ahogaba en la
garganta de los cerca de un millar de aficionados
vallisoletanos que presenciaron en Pontevedra
la enésima gesta de su equipo y disfrutaron
con la plantilla del título de la Copa
del Rey.
Anunciaba Pastor tras el partido de semifinales
ante el Ciudad Real que veía a sus chicos
con ganas de hacer algo grande. No se equivocaba.
El hecho de luchar por el título ya era
de por sí algo grande, como en otras siete
ocasiones, pero ahora tocaba ganar, era el momento
de levantar los brazos cuando los árbitros
señalasen el final del partido, de disfrutar
con el regusto del premio al esfuerzo, de recibir
los aplausos con la Copa en la mano, de hacer
la ola, el gusanito y cualquier otra locura en
medio de la euforia y la descarga sin limitaciones
de la adrenalina acumulada durante sesenta impresionantes
y eternos minutos.
La final respondió como un auténtico
guión de cine a lo que de una lucha por
un título se presume. Intensidad, emoción,
juego a ráfagas, tensión, disputa,
lucha y unas ganas enormes por parte de los dos
equipos por llevarse la Copa a sus vitrinas a
toda costa.
Quizás por eso mismo el juego preciosista
de la jornada anterior del BM Valladolid ante
el Ciudad Real se quedó en la caseta. Ahora
era mucho más importante buscar la eficacia
defensiva, evitar cometer cualquier error que
permitiese al rival adquirir la más mínima
ventaja, crearles dudas, mutilar su confianza,
sesgar su afán de remontar.
Y esta misma medicina se aplicó también
el Barcelona de Xesco Espar, un equipo que ya
no defiende como antaño en busca del balón,
sino simple y llanamente a parar el ataque rival
con sus torres Jeppesen y Nagy como principales
baluartes.
En estas condiciones, estaba claro que el hombre
del marcador iba a trabajar poco. Con 6-0 en ambas
defensas los huecos habría que encontrarlos
con sacacorchos o bien aprovechar las ocasiones
que se presentasen durante el partido en forma
de exclusiones o pérdidas de balón.
Raúl intentaba hacer de abrelatas, pero
apenas podía contactar con sus compañeros
y cuando lo conseguía siempre la falta
impedía dar continuidad a la jugada. La
primera exclusión de Nagy dio con la clave,
ya que un parcial de 2-0 ofreció la primera
ventaja a los de Pastor (5-3, min. 13). Era un
primer aviso, como también fue un aviso
azulgrana los bloqueos de Nagy a los lanzamientos
de Gull. Era evidente que si Pastor había
exprimido los videos del Barcelona, su homólogo
en el club azulgrana también se había
aprendido la lección y controlaba los movimientos
de ataque de los morados.
Parecía que el duelo no se iba a decidir
con el balón en las manos. La igualdad
sobre la cancha era tal, que un cuentagotas de
goles exasperaba a los aficionados, ya que parecía
que el reloj se paraba constantemente. Y así,
si el equilibrio en el juego era evidente, faltaba
por comprobar quién podría aguantar
mentalmente mejor el paso de los minutos, quién
iba a derrumbarse por nervios, por ansiedad.
El duelo parecía una partida de ajedrez.
Después de estar veinte minutos con la
‘tranquilidad’ de llevar el mando
en el marcador, el Barcelona rehace sus líneas
y aprovecha un par de errores morados para colocarse
por delante. Era un duro golpe para el BM Valladolid.
Había perdido la iniciativa sobre la cancha
y era consciente de que debía recuperarla
cuanto antes.
Quizás ahí estuvo una de las claves
del partido. Durante los diez minutos que faltaban
para el descanso los de Pastor siguieron fieles
a sus planteamientos, no hubo ni un solo intento
de hacer la guerra por su cuenta. Solo el juego
en bloque podría devolverle los galones.
Ni siquiera la rueda de exclusiones señaladas
por los colegiados en esos momentos interrumpieron
la concentración de ambos equipos, pero
la inspiración de Sierra –que luego
convertiría en arte–, y el acierto
de Davis permitieron al BM Valladolid marcharse
a los vestuarios con un 14-13 a su favor.
De la importancia de este exiguo marcador habla
la última jugada de esta primera mitad,
donde los jugadores del Barcelona perdieron los
nervios por sus propios errores, con Iker y Jerome
como protagonistas de un conato de tángana.
Estaba claro que el Valladolid iba por el buen
camino. La guerra psicológica comenzaba
a minar la confianza de los azulgrana.
Interminable
Los vestuarios devolvieron a los dos equipos renovados,
aunque los azulgrana en inferioridad. De poco
le sirvió al BM Valladolid, ya que una
concatenación de decisiones arbitrales
le impidió aprovecharla. Exclusiones, faltas
en ataque, faltas no pitadas, goles anulados,
triquiñuelas consentidas al Barcelona...,
fueron cinco minutos para olvidar por parte de
Permuy y Fernández, pero afortunadamente
ni con esas el BM Valladolid bajó la guardia,
y en especial el portero Sierra, que ya empezaba
a demostrar que su convocatoria para la selección
es incuestionable.
En el otro lado del campo, Espar sentó
a Peric (13% de paradas) y volvió a poner
a Barrufet. El partido estaba a punto de entrar
en su recta final (22-22, min. 45), y el técnico
azulgrana necesitaba a sus mejores hombres. También
Pastor realizó una jugada similar, ya que
Raúl mantuvo el tipo y la dirección
del juego durante casi todo el partido y ahora
sería Chema, con su velocidad el que iba
a tomar las riendas. Había que tener todo
a punto porque cualquier pequeño error
podría resultar letal.
En esos momentos decisivos, emergió como
un coloso la figura de Sierra. Con sus paradas
amargó a los lanzadores azulgrana, diluyó
sus esperanzas y además dio oxígeno
y confianza a sus compañeros (24-22, min.
50).
Como una tortura china, el marcador se movía
con una lentitud exasperante, aunque ciertamente
cada gol se degustaban como si del último
sorbo se tratase. Davis, Gull y Garabaya estrellan
sus ataques en los palos. La mala suerte parece
cebarse con los morados, tres errores son demasiados
ante todo un Barcelona. En ese momento y solo
en ese momento, en ese único instante tras
el tercer error el fantasma de la derrota se paseó
fugazmente por el club morado. Sierra evitó
por dos veces que los azulgrana empatasen, pero
a la tercera Dominikovic puso el 25-25 (min. 56)
que obligó a Pastor a pedir un tiempo muerto.
En el conciliábulo, Pastor pidió
a los suyos calma y confianza y sobre todo sujetar
a Iker, que se iba a jugar todos los balones en
los últimos minutos. Un penalti parado
por el inconmensurable Sierra y un complicadísimo
gol de Rentero sentenciaron el partido. Había
poco más que hacer por parte del Barça
salvo las rabietas de Iker, que esta vez no fue
el talismán azulgrana.
En el último instante, Davis puso la guinda
antes de que el pabellón explotará
de alegría. ¡Si, si, si,la Copa a
Valladolid!
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