XXV años del cierre de la presa de Riaño XXV años del cierre de la presa de Riaño

Empezar de cero en un pueblo inventado

Cascón de la Nava, en Palencia, o el nuevo Riaño, en León, fueron construidos para acoger a los vecinos de los municipios anegados por el agua del Esla

SONIA ANDRINO

12/05/2012

RiañoLa tranquilidad es la tónica dominante de las once de la mañana del mismo miércoles de mayo en la localidad de Cascón de la Nava (Palencia) y en el nuevo Riaño (León). Las calles están vacías, algún cliente en los bares y poca actividad en la plaza del pueblo. Los vecinos, algunos aún a medio despertar, comentan en el pueblo la llegada de los periodistas y preguntan el motivo de la visita. «Se cumplen 25 años del cierre de la presa de Riaño y hacen un reportaje sobre lo que ha sido de la gente que se marchó de la zona», se contestan unos a otros. Sobre ello comentan en el bar de Cascón de la Nava cinco de los vecinos de este pueblo creado a principios de los años 70 para acoger a las familias que tenían que abandonar los pueblos que iban a ser anegados por el agua de futuros pantanos. A este municipio palentino llegaron vecinos afectados por la construcción de los embalses de Buendía y Entrepeñas, en Guadalajara; del embalse de La Almendra, en Zamora, y del de Riaño, en León. Entre estos últimos se encuentran Carmina Rojo, Lucas Allende, Moisés Fernández, Leandro García y Víctor Castaño que llegaron con sus familias en 1972 y que, cuarenta años después, lo reconocen como su pueblo pero no del todo.


Tomando el primer café de la mañana recuerdan que les costó muchísimo adaptarse al nuevo sitio. La diferencia entre la montaña leonesa, de donde venían, y la comarca de Tierra de Campos, a la que llegaron, es abismal. «No había ni un árbol, parecía un socarral», comentan. Ahora, el entorno es distinto, como recordaba Moisés, que fue uno de los primeros alcaldes de la localidad. Durante su mandato, Víctor trabajó en el ayuntamiento y fue el que se encargó de plantar los árboles que hay en el pueblo. «No es lo mismo», pero puede pasar.


Las casas tampoco tenían mucho que ver con los hogares en los que habían crecido. «No estaban bien hechas. Tenían grietas y todos hemos tenido que actuar en ellas después de que las recibiéramos», reconocen. Son prácticamente iguales. De hecho, caminar por las calles de Cascón de la Nava es divisar lineales de casas blancas, de la misma altura y similar construcción, que se levantaron, curiosamente, en los terrenos en los que hubo una laguna. Ahora no es que tengan problemas de agua, pero tampoco andan sobrados. Cosas de la vida.


Separadas por algo más de dos horas de coche y ascendiendo hacia el valle de la montaña leonesa desde la provincia palentina, Cascón de la Nava y el nuevo Riaño son dos localidades que comparten el sinsabor de ser dos pueblos inventados. Igual que los palentinos, Guillermo Hernández arranca las mañanas en el bar, aunque en este caso es de su propiedad. Fue alcalde de Riaño desde 1993 hasta 1997, es decir, todo el mandato del derribo y el desalojo. En aquella época Riaño superaba el millar de habitantes, el de ahora cuenta con 400 de forma permanente. «Han cambiado muchas cosas», reconoce. «Antes había agricultura y ganadería que estaba en manos del 80% del pueblo y ahora solo el 8% se dedica a estas actividades». Además, antes había posibilidades para dedicarse a eso, «ahora no», reconoce.


Él no se ha dedicado a ninguna de las dos actividades. Cuando se tuvo que marchar de Riaño se fue a Vigo, donde estuvo cinco años trabajando. Desde allí le ofrecieron trasladarse a Barcelona, pero lo rechazó. Estaba convencido de que tenía que volver a Riaño. No lo hizo para repetir como alcalde, ya había tenido suficiente durante los movidos años de finales de la década de los ochenta, y se embarcó en la aventura de dedicarse a la restauración. No le va mal, aunque reconoce que la crisis también ha llegado a Riaño. Aun así, se toma los miércoles de descanso. Por eso la tranquilidad en su local era mayor ese miércoles.


Así es la vida en los nuevos pueblos a los que se trasladaron los vecinos de los nueve municipios anegado (en parte o en su totalidad) por las aguas del Esla a raíz del cierre de la presa de Riaño.


La Administración pagó 13.000 millones de pesetas a los riañeses, según dijo en 1986 el presidente de la CHD, Emilio Villar, aunque los que llegaron antes, como estos cinco vecinos de Cascón de la Nava, negaron la mayor y como mucho hablaban de 2.000 pesetas por hijo.


De cualquier forma, no les quedó más remedio que empezar a construir su vida allí. En Cascón se levantaron 40 viviendas de protección oficial, y en Riaño, 72. Los organismos oficiales se encargaron cada uno de sus dependencias y hoy, todos por igual, han sumado el tiempo para que, superada la primera generación, la del invento, llegue ya la del arraigo. 25 años después, ya son pueblos como los demás.

Victor Castaño
Vivió en Salio
«Recuerdo a mis padres sacando los muebles»
Carmina Rojo
Vivió en Salio
«Riaño se llenó con las lágrimas de mi madre»
Moisés Fernández
Vivió en Riaño
«Mi hermana amasaba pan cuando llegaron las máquinas»
Leandro García
Vivió en Pedrosa
«Cerraron la mina y me tuve que marchar»
Lucas Allende
Vivió en Burón
«Siempre decían que se iba a hacer y al final se hizo»
Siempre se oyó en la zona que el cierre de la presa de Riaño iba a ser algo inminente; sin embargo, prácticamente una generación creció con ese argumento y nunca vio que fuera verdad. La familia de Víctor asumió enseguida que la advertencia terminaría siendo real y él aún recuerda cómo sus padres sacaban los muebles de la casa y los montaban en los camiones. No había más remedio que empezar en otro lugar.
Carmina recuerda la preocupación de sus padres por tener que abandonar el pueblo en el que habían crecido, donde habían construido su casa y donde habían escrito su historia. Volvía siempre que podía, y la suerte quiso que coincidiera con el día en el que demolieron Salio. «Lloré y lloré porque vi que se caía lo que mi padre había levantado». También su madre lloró y con sus lágrimas, dice Carmina, «se llenó Riaño».
Moisés se marchó de Riaño a los 18 años, pero su hermana seguía viviendo allí. Regentaba una panadería y de hecho a ella la pillaron en plena faena cuando las máquinas entraron en el pueblo. En cuanto se enteró, volvió al pueblo donde había nacido y tuvo que echar una mano a su hermana para desmontarlo todo. No pensaban que al final se tuvieran que ir.
Leandro no nació en esta zona. Le trasladaron por motivos laborales. Era el encargado de la mina y, a los pocos meses de haber estrenado cargo y lugar, le dijeron que se tenía que marchar. «Cerraban la mina y me dijeron: 'O te marchas o te ahogas'», recuerda. Y así lo hizo. Cogió a su mujer y a sus hijos y se trasladó a Gascón de la Nava. «Tenía que buscar alimento para ellos», recuerda entre suspiros. «Fue duro».
Lucas era el pequeño de tres hermanos cuando él y el resto de su familia tuvieron que abandonar el pueblo en el que habían nacido. Lo hicieron cuando anunciaron que el desalojo era prácticamente obligatorio porque, aunque «siempre decían que se iba a hacer pero no llegaba nunca», hubo una vez en que sí que se empezó a construir la presa. Había que marcharse, recuerda.

 



 
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