XXV años del cierre de la presa de Riaño XXV años del cierre de la presa de Riaño

Riaño: mi primera vez de muchas cosas

Miguel Ángel Rodríguez, enviado especial de El Norte a la zona en 1986 y 1987, rememora los hechos

MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ

13/05/2012

RiañoFue la primera vez que me metieron una metralleta por la ventanilla del coche; y que vi llorar a un hombre maduro mientras le derribaban la casa; y que fotografié a actores famosos intentado obtener publicidad en medio de la desgracia; y que la Guardia Civil me puso contra la pared pidiéndome agresivamente la documentación; y que esperé a manifestantes que no llegaron; y que me fue más difícil defender la legalidad que la ilegalidad; y que El Norte de Castilla usó un ordenador para mandar crónicas… Y la primera vez que paseé por un pueblo cuyas calles ya nunca más volverían a ser recorridas por nadie…


Me piden que recuerde cómo el enviado especial de este periódico vivió el derribo de Riaño hace 25 años; cómo aquel jovenzuelo de 22 años, acompañado del inseparable fotógrafo Patricio Cacho, llegaba una madrugada fría serpenteando por carreteras estrechas hasta un lugar que iba a desaparecer.


A mitad de camino, durísimos controles de guardias civiles -cubiertos con pasamontañas y armados de metralletas con las que apuntaban sin miramientos-esperaban la llegada de cientos de manifestantes que… nunca llegaron. Yo también les estuve esperando. Creo que los del pueblo ya sabían que nadie vendría.


Llegada a Riaño


La palabra que se me viene a la cabeza es desolación; después, belleza.


RiañoPor aquellos días también se declararon huelgas mineras en la comarca de Fabero y El Norte me había mandado a cubrir las revueltas, así que el espectacular paisaje leonés, tan distinto a mi mundo vallisoletano de horizontes sin final, me era familiar. Desde ese punto de vista, la belleza de Riaño ya la tenía descontada. Quizá por eso, lo primero que sentí fue desolación.


Riaño había sido expropiado por el Estado hacía años. Es decir, las gentes que aún vivían allí tenían que haber abandonado sus casas mucho tiempo atrás. Eso era la legalidad. Pero no se habían ido… O no todos: eso era la ilegalidad. Así pues, las calles emergían como una mezcla de lugar abandonado y casitas de piedra encantadoras con geranios en el balcón. Casi ninguna vereda estaba asfaltada. Aquel aspecto agreste, aderezado con ventanas de madera desvencijadas, tocones de hierba, regatos de barro, montoncitos de adobes demolidos marcando antiguos muros, transmitía la desolación del abandono.


La orden que tenían las máquinas del MOPU era derribar las casas que aún permanecían habitadas. Los vecinos habían cobrado la expropiación pero… -la verdad es que sus hijos estaban en León, o en Bilbao, o en Madrid, preferentemente-, pero ellos, como el señor Cayo, permanecían allí.


Y aquella mañana, el sonido de la excavadora chocando contra las paredes producía un desgarrón interno que ahogaba la respiración. Los operarios trabajaron en silencio; los guardias civiles vigilaron callados; los pocos manifestantes no tenían fuerzas para gritar… Solo se oía el rugir de las máquinas rajando tejados y el clic de la cámara de fotos de Pati Cacho.


Y, después, nada


Los famosillos que luego aparecieron por allí a presentar una película fueron acogidos con el desdén de quien se pregunta «y usted a qué viene». En el bar, los comentarios no se convirtieron nunca en algarada, y tampoco existían televisiones para entrar en directo provocando lloros y gritos de la gente, que es lo que ocurre cuando los afectados ven una cámara: sobreactúan histéricos.


Riaño se estaba derruyendo en silencio, y el agua cubriría ese silencio para siempre.


Solo cuando llegaron los camiones y las excavadoras hubo un intento de algo, de apoyarse en las paredes, de pedir que Riaño no desapareciera… El único momento en que los guardias civiles amenazaron con sus porras, nos pusieron contra la pared para pedirnos la documentación y mantuvieron a raya a todo el mundo. Recuerdo que aquella escena fue aún de noche. Al amanecer, ya no había resistencia. Los manifestantes no llegaron.


Así fue lo que recuerdo: la belleza de la montaña, el sabor de la cecina, el olor del barro, y la desolación. Tengo la nostalgia de ver fantasmas que me desaparecen al amanecer.


No he vuelto


Como analista, en aquellos días defendí la actuación del entonces consejero de Agricultura de la Junta, Jaime González. Embalsar el agua era imprescindible. Pero aunque sé que lo que se hizo era obligado y legal, he preferido no volver. No sé cómo es el nuevo Riaño: no sé si es verdad que se hicieron allí infraestructuras para usar el pantano para ocio navegable; no sé si poblaron todas las casas; no sé si se desarrollaron los planes de regadío aguas arriba y aguas abajo; y no sé si alguna vez sale a flote algún tejado…


Riaño queda en mí como uno de los momentos profesionales en que más tuve que luchar contra mi propio corazón para narrar solo lo que estaba viendo, evitando el desgarro de lo que estaba sintiendo.


Mis compañeros de la redacción del El Norte, muchos más avezados que yo -Germán Losada, Luis Miguel de Dios, Manuel Trapote, Fernando de la Torre, Jesús Lobo, encabezados por Fernando Altés-, me aconsejaron: «Para cubrir estas noticias tienes que comprarte una piel de elefante: no puedes dejar que la angustia que ves te afecte. Eso es ser periodista».


Lo intenté. Me compré la piel de elefante (a lo largo de mi vida profesional me ha servido en ocasiones), pero aquellos fantasmas hoy cubiertos por el agua consiguieron traspasarla. No sé dónde han buscado sitio dentro de mí, pero a veces se me aparecen.


Y no dicen nada: solo me recuerdan que, hace veinticinco años, yo estuve allí para contarlo en El Norte de Castilla.

 

Tecnología de hace 25 años

Pati Cacho se fue en su coche y yo en el mío: él tenía que volver cuanto antes a Valladolid para revelar los carretes y meterlos en la edición. Por entonces, resultaba imposible hacerlo desde allí mismo. Yo sí podía escribir la crónica en un bar usando el primer ordenador portátil que tuvo el periódico y que andaba a pedales. Por supuesto que ni había teléfonos móviles, ni estaban pensados.

Tenía que escribir la crónica en lenguaje MS DOS, es decir introduciendo comandos para los ladillos, negritas, cursivas, entrecomillados… A veces, se me olvidaba cerrar el comando y, si los correctores no andaban listos, aparecía de repente 'b/', o 'n/' justo antes de una frase y quedaba todo en versales, o en negrita… Un poco de lío, la verdad, hasta que nacieron los pecés.

Después de andar loco con los comandos y de intentar que el disquete flexible grabara bien la crónica, me iba a una cabina, desenroscaba el auricular del teléfono, conectaba un cable rojo en una lengüeta y un cable azul en otra lengüeta, echaba veinte duros, llamaba al ordenador central y rezaba para que no sonara el pic-pic-pic de las cabinas.

Si todo salía bien, en unos siete minutos pasaba la crónica a la computadora del periódico. Pero siete minutos son muchos minutos para que no suene un pic, para que aquel ordenador no se aturullara y para que duraran las pilas… Total, que terminaba pidiendo algún teléfono en algún lugar donde no sonara el maldito pic-pic-pic, que además estuviera cerca de un enchufe a 220v-no a 125v-, que el aparato no fuera de góndola porque no podía desenroscarlo… Hubiera tardado menos en dictar las crónicas -como hacía con los taquígrafos de 'La Vanguardia', periódico del que fui corresponsal-, pero en El Norte nos parecía que merecía la pena el esfuerzo para enorgullecernos, al menos, de que estábamos muy adelantados tecnológicamente. Sí, por entonces, además del orgullo de ser periodista, existía el amor propio de conseguir logros que los compañeros admiraban. La vida...

Lo más gracioso es que, después de tres horas de escribir diez folios, de montar el aparataje, de conseguir el maldito teléfono, de querer comerte el ordenador y el disquete, de andar hablando solo como los locos, la computadora central podía decidir que no sabía dónde había archivado la pieza, o se la comía… Y vuelta a empezar.
¡Qué bonita es la tecnología!


 

RiañoMatías Llorente Regante del Porma

«El avance del regadío no se puede paralizar ahora y dejar a la gente tirada»

E.R. COSTILLA

En el agua y la alimentación de la humanidad está el futuro. Es el convencimiento de Matías Llorente y, por ello, solicita compromiso e inversiones para finalizar los regadíos que se proyectaron de Riaño. La suya es, año tras año, una de las voces más críticas contra el trasvase de agua al sistema Carrión, en Palencia. Recuerda lo que ha sufrido la provincia leonesa, a la que considera la más perjudicada.

-Después de un cuarto de siglo de su cierre, ¿qué regadíos dependen del pantano de Riaño?

-Después de 25 años se han salvado muchas hectáreas, juntando las cuencas Porma y Riaño estamos salvando 65.000 hectáreas de la provincia de León, más los 60 hectómetros cúbicos que se trasvasan al Carrión, provisionalmente.

-¿Se han cumplido los objetivos?

-No, en principio se querían regar 60.000 hectáreas de Los Payuelos que han quedado en 40.000. El más beneficiado ha sido el Páramo Bajo, que se iba a regar con Omaña (nunca se construyó por problemas medioambientales), y el gran perjudicado de Riaño es la provincia de León y la zona de los Payuelos, que no termina de desarrollarse después de 25 años y que fue el objetivo principal. Sus regantes fueron los que salieron a la calle para pedir Riaño.

-¿Confía en que se termine algún día?

-Ahora, la verdad, es que lo vemos con preocupación porque hay muchos frentes abiertos, el Páramo Alto y Bajo, Payuelos y la margen izquierda del Porma. Lo que pedimos es que se invierta en sectores productivos porque es la clave de futuro, no se puede paralizar ahora y dejar a la gente tirada

-¿Cómo ve el futuro?

-Sería necesario que se terminaran las obras cuanto antes. Con el tema de Argentina la gente se está dando cuenta de la dependencia exterior y creo que la Administración debe reflexionar y darse cuenta de que hay que tener un sector primario que, al menos abastezca al país, por eso creemos que lo que queda de Riaño se debería hacer rápido y urgente para no depender de nadie.

RiañoMoisés Fernández Regante del Carrión

«A los regantes del Carrión el agua de Riaño nos ha salvado»

E.R. COSTILLA

En la década de los 80 Moisés Fernández salió en manifestaciones y corrió delante de la Guardia Civil. Es riañés y no quería ver morir su pueblo, pero ahora, casualidades de la vida, desde 1991 sus tierras se riegan precisamente con agua de Riaño, que ha «salvado» los terrenos que nunca regó el proyectado, pero no construido, embalse de Vidrieros.

-¿Qué ha supuesto Riaño para el sistema Carrión?

-A los regantes les ha salvado el riego, sería muy difícil si tuvieran que depender solo del agua del Carrión, aunque algunos preferiríamos que no se hubiera hecho porque estaríamos en nuestra tierra.

-El agua de Riaño llega a Palencia tras las anulación del proyecto del pantano de Vidrieros. Ahora se plantean otras alternativas, ¿cómo las ve?

-Se está haciendo un estudio de regulación adicional que creo que va a ser muy caro porque, si se decide hacer presas pequeñas, es más caro y menos efectivo. Mientras tanto, dependemos de Riaño que nos ha solucionado el problema que teníamos.

-¿Cuántas hectáreas del Carrión riegan del pantano leonés?

-A nosotros nos han asignado 12.000 hectáreas, pero eso no quiere decir que se rieguen; se pueden regar más. Eso es para hacer los cálculos de lo que se pasa, es la cantidad que tenía de déficit el Carrión, que tiene agua para regar 38.000 hectáreas de las 50.000 totales de este sistema. Este año, con el agua que se trasvase de Riaño, se intentará regar hasta 20.000 hectáreas.

-¿Cuándo se empezó a trasvasar agua?

-Las obras para el trasvase comenzaron en 1992, pero es una obra muy grande, más de 40 kilómetros de canal, y se tardó bastante en finalizar. Con agua de Riaño regamos, por primera vez, en 2001.

-Para un riañés, ¿cómo ha sido la vida en Tierra de Campos?

-A todo se adapta uno. Lo pasamos muy mal cuando vinimos. Riaño es montaña pura y dura y aquí es llanura sin un árbol. Esto parecía un desierto y aquello era un vergel.

 


 
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