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Las muchas caras de la locura
El Quijote de Miguel de Cervantes, desde las primeras páginas
del libro, enfrenta al lector con un personaje (¿Quijada?, ¿Quesada?, ¿Quejana?),
al que «del poco dormir y del mucho leer, se le secó el
celebro, de manera que vino a perder el juicio». Sin embargo,
la locura –como había enseñado Erasmo algunas
décadas antes de que naciera nuestro autor– tiene
muchas caras. Que alguien, a sus cincuenta años, conciba
la idea de vestirse con las armas de sus abuelos y que, convertido
en personaje
de los imaginarios libros de caballerías, decida salir a
los caminos a «enderezar tuertos», representa la cara
negativa de la locura, pues tal proyecto no se aviene ni con la
edad, ni con
las fuerzas, ni con las capacidades del personaje. Por eso, acabará pagando
su error. Todas sus aventuras se estrellarán contra el muro
de la
realidad y nuestro loco hidalgo tendrá que pagar con palos
y molimientos por querer que las cosas sean como se cuentan en los
libros.
En esta cara de la locura, encarnada por don Quijote, Cervantes castiga
una forma de leer que era muy común en su tiempo: la de todos
aquellos (con los moralistas al frente) que consideraban que el único
papel de los libros debía ser el de crear modelos para la
vida. Y el que no cumpliera ese requisito estaba condenado a caer
bajo el «brazo armado de la Iglesia» (Q, I, 6). Quizás
convenga recordar que la manera de leer de Alonso Quijano, tenía
su correlato real en personas de la historia como Teresa de Jesús,
gran aficionada también a los libros de caballerías.
Pero la locura quijotesca tiene también su cara positiva,
pues será ella la que saque del anonimato a este hidalgo,
transformando radicalmente su vida. Don Quijote, al inicio de la
novela tiene cincuenta años, sin que haya nada de esas cinco
décadas que mereciera ser recatado del olvido.
Es la locura, pues, la que otorga a la vida de nuestro hidalgo una
dimensión novelesca, dotándola de nuevos horizontes.
En los libros, Alonso ‘Quijana’ ha encontrado renovadas
ilusiones e inéditos estímulos sobre los que construirse
una nueva existencia, gracias a la locura, que le inspira la disparatada
idea de convertir en «vida» lo «leído»,
de modo que, si al narrador le habían bastado dos párrafos
para contar lo que habían sido los cincuenta años de
existencia de Alonso Quijano, ahora necesitará cientos de
páginas para narrarnos unos pocos meses de la nueva existencia
de don Quijote.
Y la locura de don Quijote tiene la virtud de elevar (social y antológicamente)
todo lo que roza. Así, cuando llega a la venta en la que será armado
caballero, «estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas
que llaman del partido», pero don Quijote no ve a dos «distraídas
mozas», sino que, «como… todo cuanto pensaba,
veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo
de lo que había leído», lo que ve son «dos
hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta
del castillo se estaban solazando» (Q, I, 2).
Su mirada, trastornada por la locura, transformará la realidad.
Las cosas materiales, tozudas y contumaces, no se dejarán
cambiar con facilidad y los molinos se empeñarán en
ser molinos en vez de trasmutarse en gigantes (Q, I, 8).
Pero, con las personas, muchas veces, ocurrirá de otra forma
y la mirada del loco, junto a su palabra, obrará el milagro.
Eso es lo que sucede, por ejemplo, con los cabreros (Q, I, 11). La
locura de don Quijote, desde esta vertiente positiva, queda cifrada
en una frase que tiñe de nueva luz muchos de los capítulos
del libro. Cuando en el capítulo V, ante la sarta de disparates
de don Quijote, su vecino Pedro Alonso se niega a reconocerlo en
todos los personajes del romancero con los que el caballero pretendía
identificarse («yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni
el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo
del señor Quijana»), don Quijote, solemnemente, le contesta: «Yo
sé quién soy –respondió don Quijote–;
y sé que puedo ser no solo los que he dicho, sino todos los
doce pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama». Esta
es la libertad, la magia y el poder transformador de la locura quijotesca,
que rompe todas las cadenas (convenciones, roles sociales, limitaciones
económicas) que oprimen al ‘yo’, abriendo la identidad
del ser en la dirección de los cuatro puntos cardinales.
En los primeros capítulos de ‘El Quijote’, el
lector se encontrará con muchos momentos de extraordinaria
gracia cómica. Sin embargo, en el Quijote las risas nunca
consiguen ahogar una cierta mirada crítica. Eso es lo que
ocurre, por ejemplo, en la aventura del pobre Andrés y su
amo Juan Haldudo; una aventura que se destaca del resto, porque,
si todas las demás son falsas, creadas por la mente enferma
del personaje, la de Andrés sí que resulta ser, en
sí misma, una aventura a la medida de quien creía haber
sido llamado para deshacer entuertos, socorrer viudas y amparar doncellas.
Andrés es un muchacho que está siendo duramente castigado
por su amo. Don Quijote interrumpe momentáneamente el castigo.
Pero, tan pronto como el caballero se da la vuelta y se aleja saboreando
su triunfo, las espaldas de Andrés verán multiplicarse
el castigo. (Q, I, 4). El fracaso es ahora moral y su dimensión
solo la calibraremos adecuadamente si la interpretamos a la luz de
lo que dice el alucinado discurso de la ‘Edad de oro’,
en el que don Quijote justifica su papel como caballero andante en
la necesidad de restaurar un tiempo «en el que no había
tuyo y mío». Este discurso igualitarista es también
parte de esa cara positiva de la locura. Pero Cervantes, a diferencia
de su personaje, sabe que, de la misma manera que nunca los molinos
serán gigantes, un tiempo en el que no haya tuyo y mío
solo será posible en la ficción.
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