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El último día de abril o el primero de mayo
es costumbre en muchos pueblos de Castilla y León colocar
en la plaza, en la explanada de la iglesia o ante el juego
(de) pelota (hoy frontón) un gran árbol adornado
que recibe el nombre de mayo.
Todos los pueblos, a lo largo de su historia, han sentido
admiración por el renacer cíclico del mundo
vegetal, por el final del invierno y el comienzo del buen
tiempo, cuando la mayor parte de las plantas fructifican.
Dentro de esta mentalidad, mayo es concebido como el mes del
esplendor de la vegetación, el mes de las fiestas y
el mes amoroso por excelencia. La tradición de pingar
el mayo forma parte de una serie de ritos encaminados a conseguir
una cosecha abundante, a celebrar el fin del invierno y a
festejar la recolección de los primeros frutos.
El mayo, que oscila en altura, siempre consigue sorprender
a los visitantes. En unos pueblos era el árbol más
alto del pueblo, en otros los quintos (mozos que en ese año
eran sorteados para hacer el servicio militar obligatorio)
se reunían para deliberar y decidir el mejor ejemplar,
pero actualmente suele ser el que toca en suerte tras una
donación municipal. Los jóvenes acudían
a la tala con un carro tirado por animales para arrear el
mayo hasta el lugar donde sería pingado entre cánticos
y bailes populares. Hoy el traslado se hace con un tractor.
Conseguir la verticalidad del mayo era (y es) tarea compleja.
Se servían de maromas, horquillas, cuñas y escaleras.
Cuando necesitaban refuerzos solían ser los casados
los que echaban una mano, de lo que da fe el dicho: «Vítores
a mayo que te empinaron, pero fue con la ayuda de los casados».
En algunas comarcas, una vez descortezado el árbol,
se untaba de jabón o manteca para que quienes pretendieran
encaramarse hasta la picota lo tuvieran difícil.
Algunos jóvenes, en un gesto de hombría, pretendían
demostrar su destreza trepando para conseguir el obsequio,
que consistía en frutas, flores o ramas del propio
mayo. Una vez pingado, los solteros y las solteras danzaban
alrededor del mayo sosteniendo cintas, a la espera de que
se entrelazaran con las de su amor esperado.
Esta tradición, recientemente declarada de interés
turístico en algunos pueblos, se vuelve fiesta en algunos
pueblos, pero no es exclusiva de la comunidad castellanoleonesa.
Se da también en otras zonas de España (como
el sur de Galicia, por ejemplo) y de Europa como símbolo
de la fertilidad y de las fuerzas regenerativas de la naturaleza,
en la creencia de que los espíritus arbóreos
hacen prosperar las cosechas.
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