El Norte de Catilla.
02 de julio de 2005
Patrimonio y tierras de labranza entre dos
El arroyo Jaramiel y la cercanía del Esgueva, junto con sus monumentos, marcan la tranquila vida en Villavaquerín
Texto de M. García. Fotografía de M. J. Cachazo.
En el año 1900, cuando la villa pertenecía todavía a la diócesis palentina, cerca de seiscientos habitantes poblaban Villavaquerín, pero ahora, esa cifra, como en otros municipios de la provincia de Valladolid, se ha visto reducida a casi la tercera parte. Sin embargo, esta disminución demográfica no ha impedido que el municipio conserve sus encantos característicos, entre los que destacan el patrimonio cultural, los parajes y campos de cultivo y, ante todo, la tranquilidad.
Rodeada por las casas de los vecinos, y después de subir por unas escaleras de piedra, se divisa en la parte alta de la localidad la iglesia parroquial de Santa Cecilia, de estilo gótico de sillería (siglo XVI), con posteriores reformas barrocas del XVII, y que posee tres naves separadas por pilares que sostienen arcos de medio punto, aparte de su torre renacentista. En su interior destaca la belleza del retablo mayor, presidido por la titular del templo, así como la existencia de un antiguo órgano y de unas pinturas de muy buena calidad.
La ermita de la Virgen del Prado, construida en 1588 y compuesta de una sola nave con la puerta en arco de medio punto, es otro de sus edificios emblemáticos, junto con el que alberga en la actualidad la Casa Consistorial.
La procesión de la Virgen del Prado, el 8 de septiembre, recorre el camino que une la ermita con la iglesia. Los fieles acompañan a la imagen en una festividad marcada por la devoción, y que cada edición viene precedida por la celebración de una semana cultural.
El rehabilitado ayuntamiento, con una biblioteca en sus dependencias, albergó en su día la escuela, aunque un incendió arrasó las instalaciones hacia 1961.
Por su parte, los encuentros gastronómicos tienen lugar en las típicas bodegas en las que el asado de carne, regado con vino de la tierra, adquiere el protagonismo. Hasta estos merenderos se desplazan, sobre todo los fines de semana y en fechas veraniegas, los propios vecinos y gente que vive en la capital, pero que aún mantiene su otro lugar de residencia en Villavaquerín.
El entorno natural privilegiado en el que se encuentra el término municipal, bañado por el arroyo Jaramiel, y cercano también al cauce del Esgueva, hace que los paseos por los alrededores del municipio sean una tónica habitual.
Hasta hace poco– desaparecieron en la década de los noventa– se podían contemplar unos pilones en el casco urbano, en los que antaño se lavaban las prendas de vestir, se refrescaba al ganado y se cogía el agua para los hogares.
Villa amurallada
El primer documento histórico que hace referencia al que ha sido conocido en sus tiempos pasados como Villavaquerín de Cerrato, se remonta al año 1095, fecha en la que tiene lugar la donación de tres solares por parte del conde Pedro Ansúrez y su esposa, la condesa Eylo. En esta época, la villa disponía de un castillo y un recinto amurallado para preservarla de las incursiones extranjeras. Hoy en día, apenas quedan restos que certifiquen dicha existencia, aunque el punto estratégico en el que se encuentra la iglesia parroquial puede que fuera el lugar elegido en el que se ubicara la fortificación.
Las luchas por conseguir grandes extensiones de terreno en aquellos años nada tienen que ver en la actualidad con la tranquilidad que se respira en las calles y parajes de este pueblo, eminentemente agrícola, en el que los labradores se reúnen de manera habitual en el único bar que permanece abierto, y que es el verdadero lugar de encuentro entre familias y ciudadanos, sobre todo durante las jornadas festivas y los días de celebración.
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