| Enrique de Teresa | Arquitecto
«El recorrido por el museo es una experiencia y goce de distintos espacios»
«El museo tiene que ser consciente del papel urbano que debe jugar en la ciudad»

«El edificio tiene dos características: la multiplicidad de puntos de vista y el contraste»

 


Enrique de Teresa, uno de los arquitectos responsables del proyecto del Museo de la Ciencia. /A. E. Caño

Enrique de Teresa, junto con Rafael Moneo y los arquitectos colaboradores Francisco Romero y Juan José Echeberría –éste hasta el año 2001– son los responsables de la creación de un edificio moderno, singular, «capaz de jugar un papel urbano y de evocar una construcción fabril, respetando el antiguo uso de este mismo espacio», señala Enrique de Teresa.

–Cuando comenzaron a pensar en este proyecto, ¿qué tuvieron en cuenta?
–Desde el inicio fuimos conscientes de que construir el Museo de la Ciencia no se trataba, únicamente, de construir unos contenedores más o menos neutros que permitiesen la instalación de los distintos módulos de este tipo de museo interactivo que se renueva con cierta facilidad, sino que además de cumplir esa función, el edificio del Museo de la Ciencia debía ser consciente del papel urbano que quiere y debe jugar. En este sentido, hay tres aspectos importantes: la creación de una plaza pública, como espacio colectivo que apoya una zona residencial de nuevo crecimiento; al ampliarse el área de actuación, también se crea otra plaza, a norte, que conecta directamente con el puente de Juan de Austria, y que intenta establecer un diálogo con el Monasterio de Prado. Además, el museo busca un compromiso claro con el Pisuerga,  creando una fachada claramente reconocible hacia el río. Esa función viene apoyada por la construcción de un paseo de borde, más cualificado, al modo de un muelle fluvial o marítimo, donde se percibe el agua de una manera diferente de la habitual en los otros puntos de la ciudad.

–La importancia del museo es conectar dos áreas distintas de la ciudad.
–Quizá el elemento más importante dentro de estas consideraciones urbanísticas es  que se convierte en un elemento capaz de conectar sin obstáculos las distintas áreas residenciales como Huerta del Rey, Parquesol, Arturo Eyríes y el Palero, con la ciudad consolidado de la margen izquierda. Se establece con el sistema de paseos y por la pasarela peatonal, que permitirá el recorrido de Parquesol al Paseo de Zorrilla de una forma continua, salvando obstáculos.

-¿Cuál es la imagen que se ha pretendido dar exteriormente?
–Puesto que partimos de un núcleo industrial modesto, como ha sido la industria vallisoletana desde el siglo XIX, hasta mediados del siglo XX, el edificio se concibe como una evocación de una construcción fabril, quiere que sus elementos manifiesten o mantengan el recuerdo de esa condición que el lugar ha tenido desde su origen. El museo se concibe como un conjunto de cuerpos que tienen una autonomía –responden en esa visión metafórica de la fábrica, a la nave de producción, a la torre de oficinas, a distintos cuerpos que los cambios en la producción van requiriendo–, pero a la vez consigan la idea de un complejo unitario. Bajo esa concepción, cada uno de los cuerpos tiene su carácter propio, que se manifiesta al exterior con una imagen característica de su función y uso.

–También juega un papel importante la utilización de diferentes materiales.
–Sí, porque la diferenciación de cada uno de estos volúmenes está basada en la utilización por contraste de los materiales. Todo el edificio tiene dos características: la multiplicad de puntos de vista y el contraste. Es un edificio que debe ser percibido en movimiento dado la condición de tránsito y de discurrir en torno a él. Partiendo de la fachada antigua, de construcción cerámica, el cuerpo que la acompaña es también cerámico, pero acaba teniendo una condición más unitaria –ladrillo negro–; otros elementos están formalizados por un cobre, oxidado mediante un sistema alemán. Cuando el edificio se enfrenta al río, predomina el cobre oxidado y el vidrio, para intentar establecer ese diálogo con la vegetación de la ribera y el reflejo del agua; mientras que en las zonas más urbanas existe un predominio del material cerámico y el hormigón.

–Y en su interior, ¿cómo está planteada la organización del edificio?
–En torno a un concepto central que es el vestíbulo, un espacio de doble altura, al cual vierten los distintos usos y áreas del museo, de tal forma que cada una pueda funcionar en una visita continua o con autonomía propia. El vestíbulo está entendido como el espacio del movimiento. Todo el  edificio quiere que la experiencia del mismo sea una sucesión de acontecimientos visuales, por eso cada una de las áreas tiene una forma característica, tanto de organizarse en planta, como de recibir la luz o definir cuál es la sección de su espacio. Todo propicia que el recorrido por el museo, aparte del interés que tenga por sus diferentes contenidos, sea una experiencia y un goce de los espacios cualificados y diversos.

–¿Cuáles son los principales espacios interiores?
–En mi opinión, la sala principal de exposiciones permanentes y la sala de exposiciones temporales. La primera, concebida como una nave adosada a la antigua edificación, crea la transición desde el nivel del agua a los cuerpos más altos y su interior está configurado por un sistema de pórticos de hormigón que pueden recordar la construcción de un barco. En la sala de exposiciones temporales hay un juego entre una geometría ortogonal y una diagonal. Todas las formas del edificio están sometidas al control que dos mallas reticulares crean en su superposición, una que deriva del ritmo creado por la antigua fábrica de harinas y sobre la que se superpone otra que se encuentra girada.