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El
ex marido confiesa que descuartizó a Benita del Valle
y tiró los restos al río
El hallazgo de los fragmentos en el Duero
y en el Pisuerga precipitó la entrega a la policía
del acusado el 9 de mayo
J. Sanz/ Valladolid
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| Los operarios de la funeraria
trasladan los últimos restos mortales de la víctima
en Simancas. / h. sastre |
El rompecabezas con el que comenzó la aparición
de restos humanos de mujer flotando en las aguas del Duero
y el Pisuerga desde el 4 de mayo se resolvió definitivamente
cinco días después, cuando el ex marido de Benita
del Valle no soportó la presión mediática
y acabó por entregarse a la policía para confesar
el crimen más terrible de la historia reciente de la
capital vallisoletana.
Eugenio R. R. reconoció que mató a su antigua
compañera, con la que residía aún después
del divorcio en su casa de la calle Mirlo, en Pajarillos,
un día antes –el 1 de marzo– de que sus
propios hijos comenzaran a empapelar la ciudad de carteles
con el rostro de una madre que no volverían a ver.
El ahora imputado por el crimen relató que una banal
disputa por el contenido de un mensaje al móvil fue
el detonante de una discusión en la que alega –declaró
aconsejado por su abogado– que sufrió un «ataque
de locura» y, en pleno «arrebato», tiró
a su ex compañera al suelo y la estranguló en
su propia habitación pasada la medianoche. Su cuerpo
permaneció tendido en el cuarto durante más
de doce horas, un periodo que aprovechó para ir a trabajar
junto a su hijo en un taller de la parte alta de Pajarillos
del que cogió el serrucho y el cuchillo que emplearía
nada más regresar al domicilio para descuartizar el
cadáver de la malograda Benita.
Un día entero tardó en despedazar en seis partes
el cuerpo de la víctima, tirar los restos al Pisuerga
metidos en bolsas de deporte y limpiar la casa molinera. Comenzaba
entonces una mascarada que se prolongó mes y medio
y que tuvo su puesta de largo al día siguiente del
crimen, cuando recibió la visita de uno de los hijos
de la pareja y le informó de que su madre había
discutido con él y se había ido del domicilio.
La noche anterior incluso contestó con el móvil
de la fallecida un mensaje de su actual novio para decirle
que había llegado a casa.
Coincidencia física
Eugenio R. R. participó además en las labores
de búsqueda junto a sus cuatro hijos mientras la policía
cerraba el círculo sobre él, si bien la ausencia
del cuerpo impedía concretar una acusación formal
para detenerle. El tiempo jugó en contra del sospechoso
y las aguas del Duero escupieron el 4 de mayo el primer brazo
por entonces todavía sin identificar.
La suerte estaba echada y dos días después salía
a flote una bolsa de deporte negra con las piernas y la cabeza.
Un ‘piercing’ en la nariz y los pendientes permitieron
identificar a la víctima a expensas de las pruebas
de ADN.
Dicha coincidencia fue publicada por este periódico
en su edición del 9 de marzo, el mismo día que
Eugenio R. R. decidió entregarse en la Comisaría
de Delicias. La policía encontró después
restos de sangre en su vivienda y el Pisuerga escupió
la última bolsa que contenía el tronco de la
fallecida bajo el puente de Simancas.
El proceso judicial, en el que se personará la Abogacía
del Estado como tercera acusación particular por primera
vez en la provincia, continúa desde entonces su lento
discurrir hasta que desemboque en un juicio con jurado.
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