En una visita a Valladolid
que realizó hace unos meses mi hermano
Ramón con su familia desde San Sebastián,
surgió la idea de dar una vuelta por
el casco histórico y tomar algunas tapas
por los bares del centro. Fue poco tiempo,
pero el impacto que se llevaron fue mayúsculo.
A mí me interesaba mucho la opinión
de Ramón. Mi hermano estudió en
la Universidad de Valladolid a mediados de
los años 70 y quería saber qué impresión
le suscitaba la nueva Plaza Mayor pintada de
rojo almagre, San Benito, el Patio Herreriano,
la actuación en San Agustín...
También quería saber qué opinaban
de los pinchos de Valladolid. El veredicto
de unos donostiarras en esta materia es tan
infalible como el de un valenciano en cuestión
de paellas.
Visitamos varios bares del entorno
de la Plaza Mayor y probamos, entre otras
banderillas, la brocheta Angela (langostinos,
rape y pisto),
ganadora del Pincho de Oro del año 2000,
en La Abadía. Fue todo un descubrimiento
para ellos. Ramón, que se había
despedido de las desaparecidas tascas pucelanas
como El Socialista, la taberna del Legionario
y otras tantas de porrones, cacahuetes y bocatas,
emergía de nuevo en el mismo escenario,
pero ante una cocina de altísimo nivel.
Entre una fecha y otra, la hostelería
de Valladolid no sólo ha avanzado al
compás de los tiempos y de los gustos
del consumidor, sino que ha profundizado de
tal manera que hoy es una de las capitales
con mejor ofertade pinchos de España
en variedad y en calidad. Incluso ha ido más
allá. Ha logrado acuñar una afición
por los canapés de calidad que hace
diez años no existía, con la
dificultad añadida de que la gastronomía
castellana nunca se había prodigado
en el mundo de los pinchos, a diferencia de
la tradición vasca o la navarra.
El
mérito de este despertar hay que atribuirselo
a los restaurantes históricos de la
ciudad que, año a año, han mejorado
su oferta de barra sin otro aliciente que ser
cada día mejores. Es justo reconocer
que ellos han subido el listón y que
la respuesta de la competencia ha sido excepcional.
Renovarse o morir. El resultado está a
la vista.
La Asociación Provincial de
Empresarios de Hostelería tuvo también
su cupo de responsabilidad en el despegue de
la «pinchomanía» cuando
en 1999 ideó el mejor vehículo
imaginable para hacer de Valladolid una provincia
con pegada en el arte del tapeo: el Concurso
del Pinchos de Valladolid, más conocido
como Pincho de Oro.
Siendo sinceros, la
apuesta de verdad por crear el concurso
partió de
un pequeño grupo de hosteleros vallisoletanos
enamorados de la cultura de las banderillas
en el País Vasco. Querían por
lo menos acercarse a esa filosofía,
que calase algo de lluvia fina en las barras
pucelanas, y hoy es el día en que nos
miramos de igual a igual con los restauradores
guipuzcoanos o vizcaínos.
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