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Esencias culinarias

TAPEAR, es decir, “tomar tapas en bares y tabernas”, tal como aparece definido el verbo en el diccionario de la RAE, es hoy sinónimo de cultura gastronómica. Es la cocina esencial, en miniatura, como es reconocida en los círculos de la buena mesa. Si hasta no hace mucho lo propio era invitar al consabido “chato”, pues la compañía del pincho, según la hora, se daba por hecho, cada vez es más frecuente iniciar el convite al revés, con la tapa (“¿qué picamos?”), puesto que el vino (o la caña) se dan por añadidura.

La cocina “liliput”, o “minimalista”, como la denominan los “finolis”, no es sino expresión del importante acervo culinario del que hoy pueden presumir en Valladolid sus fogones. Materias primas, texturas, cóctel de sabores, presentaciones (no olvidarlas, pues el condumio, antes de llegar a la boca, entra por los ojos) se han confabulado, en el buen sentido de la palabra, para condensar, a modo de sinopsis, el potencial gastronómico de una carta hecha para ”agasajar” el buen gusto.

El concurso de pinchos que desde hace seis años convocan los empresarios de hostelería ha sido, sin duda, un feliz hallazgo que, a modo de gran catalizador, ha favorecido el renacimiento de una cocina que se tenía por complementaria, cuando no de segundo nivel. El pincho, la tapa o ese tentempié, forman parte de esa cultura que la gastronomía vallisoletana ha dignificado como pocas; una cultura que habla, además, no sólo del buen hacer de los profesionales del fogón, sino también del buen gusto de sus comensales.

Detrás de cada tapa se esconden horas de trabajo en forma de estudio, investigación, pruebas; en definitiva, una gran ilusión para dar con la “fusión” perfecta de viandas y sabores, coronada con una original puesta en escena para sorprender y agradar al consumidor. Esa ha sido, sin duda, una de las grandes virtudes del concurso: estimular a cuantos han hecho de la hostelería su vida, para que el espíritu de innovación que distingue al sector esté también presente en estas pequeñas cosas.

Valladolid tiene razones más que sobradas para presumir de la calidad de sus cocinas y, cómo no, de la de sus vinos, compañía obligada de su sabrosa culinaria. La patria del “lechazo” no ha querido permanecer encorsetada entre los clásicos sabores y ha sabido abrirse a nuevas experiencias. La cocina de la tapa se ha hecho así un hueco que la hostelería de la provincia está llamada ahora a abanderar como nueva seña de identidad gastronómica. “Tapear” en Valladolid es hoy todo un placer.

Y “tapear es, además, complemento de amistad y camaradería Un vino, cuando mejor sienta, es en compañía. Decía Cicerón que “el placer de los banquetes debe medirse no por la abundancia de las viandas, sino por la reunión de amigos y la conversación”. Ese ha sido también uno de los grandes descubrimientos del concurso de pinchos organizado por los empresarios hosteleros: reencontrarse entorno al vino y la tapa con buenos amigos/as para recordar o proyectar nuevos tiempos. Esa será, sin duda, la mejor recompensa

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