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MARÍA ZAMBRANO: LA LUCIDEZ DE LA RAZÓN POÉTICA

A. T. VALLADOLID

María Zambrano, durante sus últimos años en Madrid.
Lo que caracteriza al pensamiento de María Zambrano y quizá le aleje de los filósofos al uso -de una manera sutil se le ha negado en ocasiones el título de filósofa- es su apuesta por la poesía, no como género literario -que nunca practicó- sino como la esencia de su forma de pensar. La palabra poética es para ella palabra esencial e iluminadora. Lo resume bien Chantal Maillard, gran conocedora de su obra, cuando explica: «El pensar, pues, más que el pensamiento de María Zambrano aporta algo, una forma particular de integrar los elementos de la realidad (...) Una forma que le debe su peculiaridad a esta hibridez de la expresión en la que el carácter puramente filosófico de la exposición se ensancha con la musicalidad y el ritmo propios de la imaginación 'poética': hacedora, creadora». Y es que para la autora de 'Claros del bosque' «la poesía es respuesta, la filosofía, en cambio, es pregunta».

La vida de María Zambrano estuvo marcada, como la de tantos españoles, por la Guerra Civil y el exilio. Nació en Vélez (Málaga) el 22 de abril de 1904 y sus primeros contactos con el mundo intelectual los tiene en Segovia, ciudad en la que pasó su adolescencia. Su padre, Blas Zambrano, era amigo y contertulio de Antonio Machado -por entonces profesor del instituto masculino- y fundador de la revista 'Castilla'. La ciudad que guarda el sepulcro de San Juan de la Cruz -una de sus pasiones confesas- es para ella el primer lugar de la iluminación y a su influencia le dedicaría después un bello texto: 'Segovia, un lugar de la palabra'.

Estudia Filosofía en la Universidad Central de Madrid, donde asiste a las clases de Ortega y Gasset y Javier Zubiri y donde en 1931 será profesora auxiliar de la Cátedra de Metafísica. En estos años conoce a Luis Cernuda, Rafael Dieste, Ramón Gaya y Miguel Hernández. Se casa con Alfonso Rodríguez Aldave quien había sido nombrado en 1936 secretario de la embajada española en Santiago de Chile. En esta ciudad trabaja activamente en defensa de la República española. En 1937con la guerra ya perdida el matrimonio decide volver para trabajar por la causa republicana, él en el ejército, y ella como consejera de Propaganda y de la Infancia Evacuada. En 1939 parte al exilio. Reside temporalmente en La Habana -donde se reencuentra con su gran amigo Lezama Lima- y México. A la muerte de su madre, regresa a París donde encuentra a su hermana Araceli, que había sido torturada por los nazis, al borde de la locura. Ya no se separaría de ella hasta su muerte. Roma, La Piéce -en el Jura francés, donde escribe 'Claros del bosque'- y Ginebra son otras estaciones vitales. Mientras tanto en España, un escrito de Aranguren empieza a sacarla del olvido. En 1981 obtiene el Premio Príncipe de Asturias de Humanidades.

Tres años después vuelve para instalarse en Madrid donde permaneció -rodeada de amigos artistas e intelectuales, como había sido siempre- hasta su muerte en 1991. En 1988 se le había concedido el Premio Cervantes por una obra ('De la Aurora', 'El hombre y lo divino', 'Senderos') tan esencial como su palabra.




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