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NOTAS
SOBRE JARMUSCH
JORGE
PRAGA
lOS seguidores de Jim Jarmusch ya empezaban
a mostrar signos de preocupación: desde
‘Ghost Dog’, en 1999, no había
noticias de él, y empezaba a circular
la sospecha de que las grandes fauces de la
industria habían podido al fin con su
irreductible envite artístico. La Seminci
nos trae la buena nueva de que sigue habiendo
vida en el planeta Jarmusch.
Fue la Seminci precisamente quien dejó
el primer recado de este cineasta, con el ciclo
‘Cine independiente americano’ en
el lejano 1982, que incluia su primera obra,
‘Permanent vacation’. Inmediatamente
llegó la joya de ‘Extraños
en el paraíso’, y tras ella ‘Bajo
el peso de la ley’, ‘Mystery Train’,
‘Noche en la Tierra’, ‘Dead
man’..., títulos bien distintos
pero con conexiones subterráneas que
han ido etiquetándole.
Por ejemplo, la independencia. Basta con leer
su respuesta al cuestionario con el que se elaboró
el libro del ciclo citado: «No aspiro
a trabajar con grandes equipos y en grandes
producciones. Quiero continuar rodando libremente
en las calles y en decorados naturales, con
un pequeño equipo y actores que estén
dispuestos a trabajar de esta forma, y que puedan
escaparse rápidamente en caso de que
se presente la policía».
Por ejemplo, el mestizaje. Qué menos
con una madre irlandesa y un padre húngaro-checo.
Ohio, París, New York. Él mismo
decía de ‘Extraños en el
paraíso’: «Es una película
de humor negro casi neorrealista al estilo de
un supuesto realizador de Europa del Este obsesionado
con Ozu y que hubiera conocido el folletín
americano de los años cincuenta».
Por ejemplo, la ironía. O la fragmentación.
O la música. La música de sus
espléndidas bandas sonoras, la presencia
constante de músicos en el reparto, el
rodaje de vídeo-clips y del documental
sobre Neil Young ‘Year of the horse’,
pero más, más: la música
como atmósfera de sus ideas, como germen
de su universo. La música que trasplanta
su despliegue temporal del ritmo, estructura,
tempo, repeticiones, pausas... a la percepción
de la sucesión de imágenes. De
esa complicidad caen sabrosos frutos: el delirio
verbal en la cárcel de ‘Bajo el
peso de la ley’, el blues que arrastra
el tren en el arranque de ‘Dead man’,
el sonido rapero de las calles de ‘Ghost
Dog’.
Y por fin, el directo de ‘Coffee and Cigarettes’.
Jarmusch ya había rodado tres cortos
con ese título, y éste suena a
variación sobre viejos vicios, a retorno
a fuentes antiguas para convertirlas en nuevas.
A concierto de Bob Dylan, vaya. O de Neil Young.
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