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SIN
ANESTESIA
AngélicaTanarro/
Valladolid
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Hanna
Schygulla, a la izquierda, en un fotograma
de ‘Promised land’.' |
El
arranque de la Seminci no ha deparado sorpresas.
Parece difícil sorprender en este tiempo
de epígonos, también en el cine,
donde parece todo contado y donde quedan pocos
caminos a la experimentación. Lo que
no quiere decir que no haya arrancado con películas
de nivel.
Fuera de concurso presenta Amos Gitai su ‘Tierra
prometida’ y quiere ser tan descarnadamente
real que no puede evitar caer –aunque
sea unos minutos– en lo gratuito. Es habitual
que grandes conflictos hagan palidecer otros
de similar calibre y él no quiere que
se olvide que, tras las bombas que se intercambian
Israel y Palestina, fluye, sin apenas dificultades
fronterizas, el tráfico de mujeres, el
comercio de esclavas. Mujeres sometidas a todo
tipo de vejaciones en un descenso a la degradación
que corre paralelo con la degradación
de una sociedad que no encuentra salida a un
estado de guerra permanente. Derrumbe interior
y derrumbe exterior, este solo vislumbrado por
las rendijas a las que precariamente se asoman
las prisioneras. Rodado con dos cámaras,
el filme consigue secuencias de enorme fuerza
y ritmo, como la de la subasta de estos seres
humanos convertidos en mercancía. Pero
Gitai no acaba de redondear el trabajo, quizá
porque en esta ocasión sí hubiera
merecido la pena definir el género y
haberse quedado a la carta del documental puro
y duro. Por paradójico que parezca, hubiera
podido limar los excesos.
La danesa Annette K. Olesen vuelve a la Seminci
en la estela del Dogma y tras el buen sabor
de boca que dejó su ópera prima
‘Pequeños contratiempos’,
vista en la edición 47. Con ‘En
tus manos’ se decide por el primer plano
y no solo físico. De la distancia sabia
para afrontar la realidad que propugnaba en
su anterior filme, pasa a este meter la cámara
en los más profundos conflictos del ser
humano. Y ¿hay alguno más profundo
que la dificultad para perdonarse a uno mismo?
La culpa, el remordimiento y hasta la capacidad
para el milagro se unen en un magnífico
guión que nos narra la vida tangencial
de Anne, capellán (no tenemos aún
el término ‘capellana’) de
una cárcel de mujeres, y Kate, una de
las internas, personaje misterioso que parece
tener la capacidad de curar. Magníficas
las dos actrices, Anne Eleonora Jørgesen
(Anne), una de las protagonistas de ‘Italiano
para principiantes’ –el filme de
la también danesa Lone Scherfing que
ganó la Espiga de Oro en la Seminci del
2001– y Trine Dyrholm (Kate). Ambas resisten
la proximidad de la cámara con una enorme
dosis de verdad y sin recurrir a la sobreactuación.
El filme, presentado en la última Berlinale,
conduce al espectador con mano diestra por un
terreno que parece abierto a la esperanza, para
concluir que la vida que construimos es un territorio
frágil y quebradizo.
Emir Kusturica naufraga en su sátira
sobre la guerra, aunque ‘La vida es un
milagro’ encierra una encantadora historia
de amor contada con su maestría habitual.
Lástima que para llegar a ella el director
se pierda en un exceso de retórica burlesca
que acaba lastrando un filme que dura demasiado.
Y al que no ayudan a pasar los magníficos
paisajes que fotografía Michel Amathieu,
ni la estupenda banda sonora que, sin llegar
al nivel al que Kusturica nos tiene acostumbrados,
no es nada desdeñable.
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