EL
PLACER DE MIRAR
Wong
Kar-wai imparte una espléndida lección
de cine, y Boorman, un claro ejemplo de anticine,
en una jornada en la que María Zambrano
queda oscurecida tras un homenaje fallido y
Jarmush nos regala dosis de ironía, café
y nicotina
ANGÉLICA
TANARRO VALLADOLID
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| Fotograma
de '2046', el filme a concurso de Wong Kar-wai,
prsentado en la Sección Oficial de
la Seminci. |
Cuando el tópico de que una imagen vale
más que mil palabras se cumple, es muy
posible que al mando de la cámara esté
el director chino Wong Kar-wai. Llega, despliega
su historia, ilumina el Festival y nos deja
la sensación de que a partir de ahora
seguiremos viendo cine, pero estaremos hablando
de otras cosas. Porque, como ocurre con la literatura,
hay escritores que cuentan historias y lo hacen
muy bien, y hay otros que escriben un libro
y nos hacen sentir que el arte es esa cosa inexplicable
que una vez que nos toca nos hace distintos.
Nos renueva la mirada. Así esta '2046',
de la que se pueden decir muchas cosas y solo
una certera: vayan a verla. Recupera el director
no solo personajes y canciones, sino sobre todo
la atmósfera de 'In the mood for love',
y se atreve a mezclarla con una estética
futurista en la que no oculta su admiración
por 'Blade runner'. Introduce una historia llena
de saltos en el tiempo y en el espacio y no
da una sola facilidad para espectadores acomodaticios.
Tampoco los fustiga, porque '2046' se sostiene
más allá de su argumento. Por
el placer de mirar.
Won
Kar-wai vuelve a ser en su última película
un pintor de fotogramas, un director capaz de
hacer no ya que sus personajes hablen con los
ojos, sino hasta con los zapatos, un maestro
en colocar la cámara por debajo de la
realidad para ver lo que oculta la realidad,
de hacernos sentir con un enfoque no habitual
lo lejos que estamos de saber apreciar la belleza.
En definitiva, un gran cineasta que, además,
hace arte.
Pero
volvamos a la vida real. Y la vida real son
también esas otras películas que
se empeñan en dar la razón a otros
tópicos. ¿Quién dijo eso
de que con buenos sentimientos no se pueden
hacer obras de arte? Sin duda alguien que había
visto 'Country of my skull' (titulada en castellano
sin que se sepa por qué 'Un país
en África'.) La siguiente pregunta es
¿por qué una película como
esta se cuela en un festival como la Seminci?
¿Para cumplir la cuota de ñoñería,
obviedad y absoluta previsibilidad? No se sabe.
El asunto es que Boorman se cae con todo el
equipo, incluida la, en principio, atractiva
pareja protagonista (Samuel L. Jackson y Juliett
Binoche) y estropea un gran tema que merecería
una aproximación mucho más seria
y respetuosa: los esfuerzos del pueblo sudafricano
por superar el odio y el rastro de sangre inocente
que dejó el terrible apartheid. Y entonces,
volviendo al ejemplo literario, por aquello
de que la película está basada
en una novela, es inevitable recordar que hay
escritores buenos y luego gente como J. M. Coetzee
o Nadine Gordimer capaces, además, de
enseñarnos a mirar.
Como
enseñaba la autora de 'Claros del bosque'.
Lástima que el equipo de 'María
querida' no haya tenido la oportunidad ni el
tiempo de aprenderlo. La Zambrano es mucha Zambrano
y es lógico que, acometer un proyecto
como el de llevar su vida y, sobre todo, su
palabra al cine, dé vértigo y
produzca mareos. Lo malo es que no se domine
el miedo y sea evidente en el resultado final:
la película sale 'movida'.
Y
ello a pesar de que Pilar Bardem aplique oficio
y dignidad y haga lo imposible con el guión
que le han puesto en las manos, para que nos
llegue la luz de su pensamiento, e incluso lo
consiga a veces. Y ello a pesar del gran Juan
Diego en su papel de productor analfabeto (lástima
que al final se carguen el personaje haciéndole,
además de analfabeto, tonto). María
Zambrano era un ser que irradiaba atractivo
y magnetismo también en lo personal y
la película de José Luis García
Sánchez no acierta a demostrarlo. No
es lo malo que sea discursiva -quizá
sea difícil encontrar otra forma de reflejar
su pensamiento- pero que estemos ante una de
las grandes figuras de la historia de la cultura
española no es razón para que,
en el filme, todos los que la rodean o estén
en estado de trance -¿por qué
María Botto tiene que parecer siempre
asustada y al borde de la lágrima?- o
aparezcan aquejados de un agarrotamiento extremo.
El resultado es artificioso, desde las imágenes
del rodaje, hasta ese concierto de Amancio Prada
metido con calzador y cursilería, pasando
por el prescindible 'cameo' de Carmen Calvo,
actual ministra de Cultura y consejera de de
la Junta de Andalucía cuando se gestó
el proyecto. En fin, otra vez será.
Fuera
de concurso, Jim Jarmush nos muestra en 'Coffee
and cigarettes' que no siempre el café
y el tabaco relajan y disparan la conversación.
Magníficos algunos de los once cortos
-rodados a lo largo de 17 años- que componen
esta película, filmada en blanco y negro
con una puerta abierta a la improvisación.
Pequeñas 'delicatessen' llenas de ironía
y de fina observación del ser humano,
como el que reúne a Iggy Pop y Tom Waits.
Muy visible.
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