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TESTIMONIOS

Los ideales con los actuaron a finales de los setenta los ex trabajadores de Numax siguen cobijados en el brillo de sus miradas Explora Villaseñor con especial sensibilidad el vértigo del desarraigo, la fría sensación del rencor

RAFAEL VEGA VALLADOLID

Fotograma de 'Los niños de Morelia', documental que recuerda la vida actual de seis de los 456 niños españoles que viajaron a México en tiempos de la Guerra Civil.
Han pasado veinticinco años desde que Joaquín Jordá rodara el documental 'Numax presenta...' y aquella historia de un grupo de trabajadores que se hizo con el control de su empresa para evitar los despidos continúa en la memoria de sus protagonistas. Despues de todo este tiempo, Joaquín Jordá nos presenta 'Veinte años no es nada', para entrevistar a aquellos hombres y mujeres, reunirlos y saber qué fue de todos ellos. La juventud y la disposición que supuraban en los fragmentos del documental anterior no están intactas, pero los ideales con los que actuaron a finales de los setenta, con más determinación que medios y experiencia siguen cobijados en el brillo de sus miradas. Hay quien se hizo comercial, quien trabaja como taxista, hay quien dejó el mundo del derecho para convertirse en cocinero de un restaurante, o quien acabó dando clases de educación infantil.

Jordá mezcla sus historias, dramatiza sus encuentros, convirtiéndoles a ellos en expectadores de las historias de sus compañeros. Acaso destaque la de una pareja que tras su experiencia en Numax terminó atracando bancos. Él, ya fallecido, protagonizó uno especialmente sórdido. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes de Numax rehizo sus vidas a través de oficios alejados del mundo obrero. Su colección de relatos, más extensa, quizá, de lo necesario, intenta sugerir que el espíritu de aquellos libertarios se mantiene.

Fuera de concurso, el realizador mexicano Juan Pablo Villaseñor, no sólo comparte la Seminci como miembro del jurado de 'Tiempo de Historia', sino que ha traído bajo el brazo su película documental'Los hijos de Morelia', su ciudad natal, donde en 1937 fueron acogidos cientos de niños españoles víctimas de la guerra. Aquellos niños, que no eran huérfanos, no regresaron a su país natal y tuvieron que reconstruir sus vidas gracias a la hospitalidad de un México especialmente sensibilizado con el destino de los republicanos españoles. Juan Pablo Villaseñor recoge los testimonios de los pocos 'niños de Morelia' que aún viven: venerables ancianos que se radicaron en aquella ciudad en la que vivieron desde niños. Allí fundaron sus negocios, allí formaron una familia, y allí han decidido pasar sus últimos días. Ellos nos trasladan con sus relatos, de una honestidad y transparencia palmarias, a la vida y pesares de aquellos pequeños exiliados que apenas fueron conscientes de que su viaje, en apariencia de recreo, sería de ida. Explora Villaseñor con especial sensibilidad el vértigo del desarraigo, la fría e incómoda sensación del rencor, la soledad, los remedios al desamparo y también, por supuesto, el agradecimiento a una tierra hospitalaria, solidaria, que les ofreció finalmente un sitio donde vivir y de donde sentirse. Algo, quizá que debieramos devolver ahora a los inmigrantes que vienen en busca de futuro.

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