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DEL
PODER Y LA FUERZA
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| Jae Hee, en un fotograma
de ‘Bin-Jip’, del coreano Kim
Ki-duk. |
ÁNGÉLICA
TANARRO / VALLADOLID
Hay quien pretende ser original sin contar para
ello con nada más que ese deseo y consigue
un fuego fatuo, retórica vacía.
Hay quien simplemente lo es y nos regala una
imagen que sorprende y conmueve. La imagen puede
ser la de un atractivo joven, una versión
corana y zen de okupa ocasional, lavando a mano
sobre una de esas antiguas tablas de madera
la ropa interior de una desconocida, en cuya
intimidad se ha metido con la misma naturalidad
con la que saldrá de ella. Así
es como Kim ki-Duk construye a su héroe
y lo instala en una historia nueva, dulcemente
apasionante.
Del pasado de Tae-suk (el actor Lee Seung-yeon)
sabemos poco, quizá porque siguiendo
enseñanzas orientales lo que al director
le importa es contarnos el ahora de sus personajes,
y porque el director –galardonado en Venecia
con el León de Plata a la mejor dirección
por este filme y presente en las carteleras
vallisoletanas con ‘Primavera, verano,
otoño, invierno... y primavera’–
le interesa contar no a lo largo, sino hacia
adentro. En su apuesta por el cine, su historia
–al fin una historia de amor y libertad–
apenas tiene diálogos, como tampoco su
otra película vista en España.
‘Bin-Jip’ no los necesita, como
tampoco necesita recurrir a efectos especiales
ni a estridencias de montaje.
Es cine casi mudo de planos sostenidos, apto
para quienes estén dispuestos a detener
la mirada y dejarse llevar sin impaciencia.
Hay en la sencillez y naturalidad con la que
Kim ki-Duk maneja la cámara y la historia
algo preciosista, como si destapara el argumento
con el cuidado que ponen algunas personas en
no rasgar el papel de seda que envuelve los
regalos.
De la delicadeza oriental no exenta de crueldad,
al ritmo trepidante con el que la industria
americana pone en marcha la máquina de
filmar. Detrás de ‘The manchurian
candidate’ hay una buena historia –la
lejana novela de Richard Condon que dio lugar
a la primera versión de ‘El mensajero
del miedo’, dirigida en 1962 por Frankenheimer–
y un buen director, John Demme (‘El silencio
de los corderos’, ‘Philadelphia’,
‘Algo salvaje’). Cuenta también
con una inmensa Meryl Streep –¿quién
dijo que siempre hace el mismo papel?–
y unos más que competentes Denzel Washington
y Liev Schreiber, sin olvidar a John Voight
y al siempre atrayente Bruno Ganz.
La acción se ha actualizado: del Vietnam
a la Guerra del Golfo. Y algo ha cambiado en
la trama: los métodos del lavado de cerebro
son científicamente más sofisticados.
Pero el argumento es el mismo, el poder –en
este caso el poder del dinero– para crear
líderes de barro con los que manejar
los hilos de la historia.
Demme apuesta por hacer cine de género.
Se sirve del ‘thriller’ para contar
una historia política –que además
nos llega en plena campaña electoral
por la presidencia de EE.UU.– dejando
que los elementos de crítica al poder
corrupto le lleguen al espectador sin perder
el pulso de la intriga. Tiene además
el acierto de hacer que las dos horas largas
que dura el filme se pasen en un suspiro.
No ocurre igual con ‘Chemins de traverse’.
La película de Manuel Poirier es como
la anterior una segunda versión de una
novela, en este caso ‘Carreteras secundarias’
de Ignacio Martínez de Pisón que
ya llevó al cine Emilio Martínez
Lázaro. Poirier se sirve de un guión
propio y del gran actor que es Sergi López
para narrar esta historia de fracaso, soledad
y desarraigo.
Le acompaña el joven Kevin Miranda capaz
sin palabras de hacernos sentir esa sabiduría
natural que a veces muestran los adolescentes.
Poirier empieza bien su cometido, optando por
la economía de recursos y la naturalidad
a la que se prestan los protagonistas. Lástima
que al final se quede corto en el empeño.
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