CONTRA
EL OLVIDO
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| Gutiérrez Aragón
hace entrega del premio a Félix Viscarret. |
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A.
CORBILLÓN/ VALLADOLID
‘Más
allá de la alambrada’ recupera
la memoria de los 7.000 republicanos españoles
deportados a Mauthausen, de los que solo se
salvaron 2.000
Pau Vergara recorrió media Europa y grabó
90 horas con 24 de los 100 supervivientes españoles
del campo de concentración austríaco
«La muerte no me quería».
Sigfrid Mier ha tardado más de medio
siglo en buscar las razones de por qué
sigue vivo. Un ‘ángel’ (el
destino en el que dice no creer) decidió
que su tierna infancia de niño judío
en los campos de concentración de Guser
y Mauthausen debía sortear aquella barbarie
para dar testimonio y no dejar que se cerrara
la tumba del olvido. «Quedé como
un fetiche rubio que navegaba en aquel barco
de muerte. Todo el mundo me salvó»,
rememora Mier.
Siete mil republicanos españoles encontraron
en el exilio algo todavía más
trágico que la derrota. Su alistamiento
en la resistencia contra el nazismo o su carácter
de ex combatientes contra el franquismo les
llevaron al campo de concentración de
Mauthausen (Austria) entre 1939 y 1945. Cuando
los norteamericanos entraron allí, solo
vivían dos mil. De ellos, apenas quedan
cien con vida. Muchos o pocos, se conjuraron
para contar su historia a quien quisiera escucharles.
Querían transformar el odio en memoria.
El director valenciano Pau Rivera ha logrado
reunir a la cuarta parte. Y de ellos, ha seleccionado
la historia de 14 republicanos en aquel escenario
de exterminio. Noventa horas de grabaciones
por media Europa escarbando memorias que el
paso de los años no ha sepultado.
El resultado es ‘Más allá
de la alambrada: La memoria del horror’.
«A la hora de seleccionar, prevaleció
el criterio de tratar de contar la historia
humana de cada uno de principio a fin. Que cada
uno tuviera su propia historia», explica
el joven director.
«Cuando me sacaron ya no era yo, era una
carcasa humana llena de pesimismo», dice
entre lagrimas el excombatiente Luis Estañ.
Sobrevivir no fue bastante para un colectivo
marcado por tanta barbarie. Y los ochenta minutos
de testimonios de la película no por
imaginables dejan de sobrecoger.
La película es un paso más en
la recuperación de la memoria histórica
del siglo XX, algo que preocupa y mucho a Vergara.
«La España de hoy es heredera de
aquella república. Lo que pasó
en medio fue un accidente que además
colocó una lápida para enterrar
la memoria colectiva. No podemos dejar que se
cierre», reclama vehemente Pau Vergara.
El director, que presenta su película
en Tiempo de Historia, ha llegado a Valladolid
acompañado de Sigfrid Meir, un judío
alemán nacionalizado español desde
hace tres décadas por «un acto
de amor hacia mi padre», Luis Navazo,
el hombre que le salvó de la muerte en
Mauthausen. En las imágenes de la época
que ha logrado recuperar Vergara, aparece el
niño que no fue Sigfred con once años,
una excepción vital entre una masa humana
condenada.
Tres sentencias fallidas
A veces ocurren hechos inexplicables que permiten
que alguien salve la vida cuando parece condenado.
Pero lo raro es que la pena capital no se cumpla
tres veces consecutivas. En Auschwitz le dijeron
a su madre que le escondiera. De camino a Mauthausen
«bombardearon el tren en el que iba y
luego remataban en el suelo a los que sobrevivían».
No sabe cómo llegó a una granja
(«tal vez me llevaron de brazo en brazo»).
Finalmente, su destino parecía terminar
en el campo de exterminio austríaco.
«No sé por qué el ‘carnicero’
que lo dirigía me acabó perdonando,
su fin se acercaba, tal vez tuvo un arrebato
de conciencia, o mi aspecto rubio le hizo apiadarse,...».
Tal y como reflejan varias películas
(‘La lista de Schlinder’, ‘El
pianista’), aquella etapa está
llena de asesinos de uniforme convertidos en
dioses que decidían sobre la vida y la
muerte.
El caso es que en mayo de 1945 los norteamericanos
liberaron el campo y Sigfred decidió
que ni siquiera quería responder a la
pregunta capital: ¿por qué sigo
vivo? «Yo era un niño, no un ex
combatiente. Cerré la puerta y no quise
saber nada. Ni siquiera tenía odio»,
explica Mier. De hecho, ha vivido durante más
de medio siglo de su variado talento, no de
su pasado. Apátrida durante años,
ha sido músico e impulsor de la moda
‘ad-lib’ y los restaurantes ibicencos.
La ausencia de rencor no evitó que «olvidara
mi lengua materna y, cada vez que oigo hablar
en alemán, se me pone la carne de gallina».
Solo en los últimos cuatro años
ha escrito un libro y participa del deseo de
las víctimas de luchar contra el olvido.
En ese mirar atrás, Sigfred Mier hecha
mucha culpa de lo que ha pasado y está
pasando en el mundo a las religiones. «El
mal del mundo son las religiones. Si las nuevas
generaciones pueden librarse de ellas podrán
ser mejores», afirma.
Mientras, comprometido contra cualquier amago
de liquidar la historia, Pau Vergara considera
que esta experiencia «ha abierto muchas
puertas de nuevas historias», que merecen
ser rescatadas del silencio y, aparte de su
compromiso personal como director, clama por
algo más colectivo. «Una triste
lápida escrita en alemán recuerda
el sacrificio de aquellos 7.000 españoles.
Creo que el Gobierno español debería
ir y hacerles un homenaje», propone Pau
Vergara.