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DESDE
LA NIEBLA
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| Fotograma de ‘Eleni’,
de Theo Angelopoulos, presentada fuera de
concurso. |
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ÁNGÉLICA
TANARRO / VALLADOLID
Angelopoulos
presenta fuera de concurso una hermosa, personal
y no del todo resuelta ‘Eleni’
‘Temporada de patos’
no justifica su metraje, aunque cuenta con momentos
logrados
Angelopoulos, by Angelopoulos. El director griego
presenta fuera de concurso su último
filme. Una obra que lleva su sello. La misma
luz lechosa tan característica –en
ningún momento del filme sale el sol–
los lentos movimientos de cámara, el
tempo moroso en el que discurre la historia
y las imágenes subyugantes. Ahora, para
contar en una trilogía la peripecia de
la nación griega en el siglo XX. ‘Eleni’
es la primera parte, la que empieza en 1921
tras la entrada en Odessa del Ejército
Rojo y la vuelta de los refugiados griegos a
su país
Hermosa y arriesgada apuesta en la que Angelopoulos
vuelve a echar mano de sus mitos, que son los
griegos, y a hacer continuas referencias a la
tragedia, género que inventaron sus antepasados.
Es precisamente el tratamiento teatral que imprime
a la puesta en escena y a la dirección
de los actores su propuesta más interesante,
pero al mismo tiempo, por las dificultades que
entraña, la causa de que en ocasiones
el filme parezca escapársele de las manos.
La película arranca con una simbólica
imagen, bellísima, de los refugiados
llegando a una pantanosa tierra prometida –qué
importante es el arranque de una obra y con
qué facilidad se olvida algo tan obvio–
con la que Angelopoulos nos seduce y nos predispone
a acompañarle por la desgraciada peripecia
de sus personajes. Mientras una voz en ‘off’
relata la llegada de los huidos, el hombre que
encabeza la marcha se dirige a un interlocutor
inexistente, como si hablara desde la embocadura
de un escenario. Detrás, el coro, que
aparecerá en otros momentos del filme.
Igualmente atractiva es la imagen del teatro
repleto de desplazados, con los palcos convertidos
en frágiles refugios.
En tres horas, la película atraviesa
momentos brillantes, nos regala imágenes
impresionantemente hermosas e impresionantemente
lúcidas y juega con guiños naif
que alivian la carga dramática. Pero
ninguna de estas cualidades ocultan el hecho
de que la historia se podría haber contado
en menos tiempo, y hubiera resultado más
redonda si hubiera prescindido de algunas metáforas
que no dejan de ser un exceso de estilismo.
Dicho sea haciendo la salvedad de que hablamos
de un maestro, de un poderoso director que no
ha perdido pulso y sigue fiel a su forma de
entender el relato cinematográfico, tan
apartado de los caminos fáciles.
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Después llegó a la Sección
Oficial la opera prima del día, a cargo
del director mexicano Fernando Eimbcke. El dato
de que se trata de un primer largometraje de
un director que ha rodado al menos tres cortos,
no es baladí, una vez vista su ‘Temporada
de patos’.
Qué magnífico corto hubiera hecho
con esta película en la que dos adolescentes
se disponen a pasar un apacible domingo sin
padres y con la única compañía
de video juegos, pizza y cocacola, mientras
la realidad interfiere en sus planes en forma
de vecina solitaria y entrometida, repartidor
de comida a domicilio frustrado y otros asuntos
de la vida misma. La película tiene su
gracia algunas veces, pero frustra las expectativas
del comienzo y deja la sensación de lo
ya visto. Transmite el pálpito de que
el director trató de unir una serie de
buenas ocurrencias sobre la nada cotidiana que
es a veces la existencia, pero el acomodado
apartamento de un bloque cualquiera de una ciudad
cualquiera y dos adolescentes de clase media
y personalidad media no dan para tanto. Quizá
la próxima vez.
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