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|LEONARDO DI CESARE| DIRECTOR DE 'BUENA VIDA DELIVERY'

«La crisis es tan grande que llega hasta la vida íntima»

el director estrena ‘buena vida delivery’, una película sobre la supervivencia en la crisis argentina. leonardo di cesare representa la generación más joven que ha tratado el tema, con la única licencia del humor negro

V. M. NIÑO / VALLADOLID

Leonardo di Cesare posa en Valladolid. / Gabriel Villamil

Los malos tiempos de la economía argentina están destilando los mejores talentos de su cine. En este caso la ópera prima de un hombre de teatro demuestra que dos de los pilares de esta industria –el qué contar y con quién contarlo– bien manejados pueden tocar el corazón aunque no haya millones en la producción ni buenos sentimientos que vender. Leonardo di Cesare (Buenos Aires, 1968) trae la cinta que cada Seminci nos hermana con su continente.

–Nos han acostumbrado los cineastas de su país a historias realistas pero con cierta dulzura conciliadora; en cambio su película deja un sabor amargo.

–También se hacen muchas crudas, sin final feliz en Argentina. En cuanto a mi película, la idea siempre fue ser fieles a los personajes y a la historia, así que era difícil un ‘happy end’ a lo americano. No hay un final tristísimo, hay una luz de esperanza para los protagonistas, así es la vida.

–¿Cúanto se demoró su rodaje por problemas de producción?

–Estuvimos dos años parados. Suspendimos el rodaje cuatro veces, tres cambiamos de equipo. Nos pilló la gran crisis argentina en medio, 2002. Filmábamos sin poder repetir la toma, ensayábamos mucho para eso.

–Pero no cambió de intérpretes, que parecen nacidos para sus papeles.

–Para mí hay dos cosas fundamentales: el guión, por eso reescribo tanto, y el cásting. Vengo del teatro y busco buenos actores que den con su físico también, hasta los pequeños papeles. A veces se les descuida y distraen.

–¿La irrupción de la crisis determinó el final?

–Determinó el tono de la película. Hay momentos de humor pero angustiosos y opresivos, y eso viene dado por la crisis que vivíamos a diario. Nosotros mismos la sufríamos, no llegábamos al trabajo porque había un corte de ruta. Parte del equipo no aparecía porque como no se cobraba les salían otras cosas y filmábamos como podíamos. Fue un año particular el 2002, se había perdido la esperanza. Había manifestaciones, cortes de rutas, una explosión en la gente y una energía que llevó a hablar de guerra civil.

–¿Por qué eligió ‘Buena vida delivery’ como nombre del negocio y título de la película?

–Era una ironía. Trabajé en un lugar que se llamaba ‘Good Night delivery’. En los años noventa nos creíamos un país muy moderno y todo era ‘delivery’, en vez de servicio a domicilio. Nos creíamos en el primer mundo mientras cerraba la industria nacional, las fábricas echaban a la gente. Es la ironía del sueño americano que nos vendieron un neoliberalismo salvaje que ni siquiera Estados Unidos tiene. Esta familia tenía una empresa que iba bien y acaba yendo de un domicilio a otro y Venancio vendiendo el cuento de que se puede salir adelante y hacerse millonario con el sistema piramidal americano.

–El padre de la protagonista es el que teoriza, al único que le da licencia para discursear.

–Es el charlatán. Se compró el sueño americano en un país subdesarrollado sudamericano y eso es muy frustrante. Su objetivo y su trabajo es convencer a la gente de salir a vender churros y hablándole desde una realidad que ya no existe. Los otros personajes están sobrepasados, no hablan porque no saben cómo reaccionar. Quedan enmudecidos.

–¿Es imposible el amor en una situación así?

–Puede ser posible, pero en esta historia la crisis hace que el amor no funcione. La crisis es tan grande que en nuestras vidas íntimas y personales está presente. No hago cine social, en nuestra vida está lo social, en nuestras historias de amor, también, siempre es así en Latinoamérica.

–¿Es casualidad que el matón lleve una camiseta española?

–Era un suplente y la trajo él. Hay dos personajes que no son profesionales. Se vino con la camiseta de un equipo de segunda que se llama Deportivo Español. A la responsable del vestuario le gustó y no le cambió.

–¿De la poesía de Campanella o Aristaráin a su realismo?

–Cada uno tiene su estilo, su estética. Me gustan mucho ambos. Somos de tres generaciones distintas. Yo hice la película como pude. Siempre traté de hacerlo lo más verosímil posible. Me gusta más el neorrealismo. Ese era mi modo, saliera como saliera después, no imitaba una estética, sino que, a partir de esta historia de la realidad, la adaptamos a un guión. Salió lo que salió y tiene que ver con el realismo.

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