Artículo redactado por
Alfons Cornella, colgado en Infonomia y extraído
de la conferencia de Risto Mejide en Next '06.
2006-05-10
Me llamo Risto Mejide, llevo 31 años haciéndome
publicidad y algo más de 8 haciéndola
para otros. Pasé 5 años en ESADE olvidándolo
todo, luego por agencias como Bassat Ogilvy&Mather,
Saatchi&Saatchi, Leagas-Delaney o Euro RSCG, trabajé
durante un tiempo para Britney Spears, U2, Radiohead
y Lou Reed, grabé parte del disco de Luz Casal
que menos copias ha vendido en su historia, pasé
una temporada en EEUU montando una serie de TV que aún
ni se ha emitido, a veces doy clases de cosas que no
se pueden aprender, y en la actualidad soy algo parecido
a un director creativo en *S,C,P,F..., la agencia de
J&B, BMW, Gallina Blanca, Ikea y Vodafone, entre
otras.
Como soy incapaz de dar lecciones ni de publicidad
ni de nada a nadie, siempre que me acorralan en un sarao
de estos, intento dar como mínimo mi punto de
vista sobre las cosas. Y eso es lo que intento con más
o menos éxito en las siguientes líneas.
No creo en la utilidad
Durante varios años de mi vida me dediqué
a despertarme dos horas antes de empezar la jornada
laboral para acudir a una academia y estudiar chino.
Hago hincapié en lo de las dos horas, porque
abandonar tu camita calentita en pleno mes de enero
todos los días de la semana a la hora en la que
la gente no va sino vuelve, y encima hacerlo de forma
voluntaria es, cuanto menos, difícil. Y lo más
jodido no fue descubrir el idioma ni la cultura, ni
la civilización,que ya tela. Lo más chocante
fue la pregunta que me hacían muchos cuando se
enteraban. "Y para qué". Cómo
que para qué. "Sí, para qué
te sirve, te vas a vivir allá? tienes que hablar
a menudo con ellos? te gusta la comida china? qué
significa chop suey?".
Y luego resulta que las cosas más maravillosas
que me han pasado en esta vida no sirven para nada.
Me pongo cursi, pero si alguien puede, que me diga para
qué sirven un primer beso, una sonrisa anónima,
un perdón analgésico, una estrofa de Chavela,
un color de cielo, una horchata en agosto y una tortillita
que te sale redondita y esponjosa.
El chino lo acabé dejando, sí.
No creo en los uniformes
Cuando finalicé la carrera, busqué sólo
trabajos que cumpliesen 3 requisitos básicos,
no tener que madrugar, no tener que llevar corbata y
no tener que afeitarme cada día (me sientan realmente
mal las tres cosas).
Luego me he dado cuenta de que igual era una solemne
gilipollez, que uniformes los hay en todas partes. Pero
para cuando me he venido a dar cuenta, ya era demasiado
tarde, y mira, vi que era lo que me gustaba porque podía
acabar muy cansado, pero nunca harto.
Aunque me he quedado con la copla de que las cárceles
y los infiernos deberían estar tan llenos de
corbatas como de modernillos creativos.
No creo en el éxito
O mejor dicho, creo ciegamente en el fracaso. Estamos
hechos de fracasos. Son mayoría en nuestra vida,
nos guste o no. Y negarlos es como negarse un grano,
por mucho que lo ignores, ahí está y forma
parte de ti, y encima éste no se puede extirpar.
Es más, creo en la diferencia entre errar y
equivocarse. El primero te pasa cuando te pasa te guste
o no, el segundo ocurre sólo cuando persistes
en el error. Errar no es sólo humano. Es necesario
para no equivocarse.
Pero es que además, el triunfo atonta. Cuando
ganas, te crees que sabes por qué has ganado,
y lo que es peor, te crees capaz de repetirlo. Como
resultado, y porque tendemos al mínimo esfuerzo,
repites fórmula. Y ahí empieza el principio
del fin. Al final, un éxito esconde el pequeño
e íntimo fracaso de -quizá- no haber arriesgado
lo suficiente.
No creo en el futuro
Y eso es porque los de mi calaña solemos utilizar
el futuro para venderte cosas. Compra y vivirás
mejor, serás más sano, tendrás
más amigos, más libertad, menos varices,
consume y tu futuro será mejor que la mierda
de presente que estás viviendo. No me lo creo
porque trabajo en la trastienda de los sueños,
que sueños son.
Prometemos cosas que somos incapaces de proporcionar.
Exactamente igual que los políticos, pero sin
tantas explicaciones. A la corrupción la llamamos
beneficio, al votante target, al voto compra, a este
lado de la misma mentira. Y sin embargo, aún
hoy es la mejor mentira por la que me dejaría
subyugar. Si alguien tiene otra mejor, que me la haga
llegar, y rectifico encantado.
Pero aviso, me suelo enamorar de la gente que me hace
rectificar.
No creo en la continuidad
La continuidad está sobrevalorada. Se lo dije
hace poco a una amiga para consolarla después
de su ruptura, y enseguida me di cuenta de que llevaba
tiempo intentándomelo decir a mí mismo.
Parece que estar haciendo algo durante mucho tiempo
se supone bueno ya por defecto.
Me pasa con las relaciones sentimentales. Es que llevamos
quince años juntos, vosotros sólo seis.
Es que un amor de diez años es muchísimo
mejor que uno que lleva cinco. Ya. Pero también
me ocurre en el trabajo. Al principio –como todos-
no tienes ni puta idea de nada, pero enseguida, a golpe
de horas, te conviertes en un experto, o como lo llaman
los yankees, un especialista. Alguien que vive, come,
caga y respira para hacer eso que hace, y nada más.
A todo lo demás, lo llamaremos hobbie –otro
invento yankee- y le dejaremos que ocupe sin remordimientos
nuestro tiempo libre -contrario a tiempo esclavo-, de
ahí debe venir lo de business, de busy, ocupado.
Pues no. Hay matrimonios que llevan toda la vida juntos
sin conocerse y parejas que recién se encuentran
en un vagón de tren y ya se conocen mejor de
lo que jamás serían capaces de razonar.
Y ya no digamos en el entorno laboral. Ahí no
hay nada más peligroso que un perfil generalista.
Alguien que no le teme al no saber nada de mucho antes
que mucho de casi nada. Porque ese perfil es poliédrico,
tiene más de dos dimensiones, y es difícil,
cuando no imposible, de encajar en ese cuadro jerárquico
que tanto conviene a nuestro bolsillo, nuestro futuro
y nuestro colesterol. Encajar. Bonito concepto que de
tan precioso debería estar reservado sólo
a las situaciones muy especiales, como no sé,
los nichos.
Tampoco creo en la demostración
Aquí, como en todas las otras, hay muchos libros
que lo argumentarán mejor que yo. Pero simplificando
mucho, la ciencia ha triunfado sobre la filosofía,
la demostración sobre la intuición, el
dato sobre la corazonada y creo que eso, junto a George
W. Bush, las grasas industriales, la tele de los sábados
y los alimentos transgénicos nos está
matando como especie. Y si no, tiempo al tiempo.
Así que como decía mi madre, "hala,
a jugar a la calle, que mira qué día hace".
Y no, no creo en Dios.
Pero sí, si lo llamamos alma.