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Las colinas de Ngong
Gustavo Martín Garzo


Artículo con el que el que el escritor vallisoletano ha sido galardonado con el premio de periodismo 150 años de El Norte de Castilla. Publicado en ‘El País’ el 5 de agosto del 2006, en él recuerda la granja que tuvo su padre en la comarca de Tierra de Campos

Alberto Martín Mateo y Elvira Garzo, padres del escritor, en 1944. / El Norte

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong», este es el comienzo de uno de los libros más hermosos que existen. Y no sé por qué, pero siempre que vuelvo a leerlo, me acuerdo de la granja que tuvo mi padre, en el corazón de la comarca de Tierra de Campos. Era un paisaje presidido por el aire, de colores vivos y secos, en que la luz ondulaba sobre las cosas con la viva densidad del agua. Aunque lo mejor fueran sus noches. No he vuelto a ver cielos así. Las estrellas eran infinitas, y semejaban un polvo luminoso suspendido sobre el mundo, como un hechizo.

Nuestra granja estaba en la vega del río Sequillo, en una zona de regadío, donde había pequeñas huertas, y cultivos de remolacha, alfalfa y maíz. Era una granja avícola, orientada sobre todo a la producción de huevos. Corrían los años sesenta, y fue la época del desarrollo económico y de la llamada de la modernización de las explotaciones. La gallina autóctona, no pasaba de dos o tres huevos a la semana, y la idea de mi padre era seleccionar a las más aptas para dedicarlas a la reproducción. Para ello, todas las gallinas llevaban en el ala o la pata una placa con un número, que permitía identificar a las mejores. Se separaban entonces de sus compañeras y se llevaban al gallinero, en que las esperaban los gallos que de-bían fecundarlas.
Este gallinero estaba divido en pequeñas salas, cada una a cargo de un gallo. Era la época de los pantalones cortos y más de una vez salimos de allí con las piernas ensangrentadas, pues los gallos marcan ferozmente su territorio y nos atacaban a picotazo limpio cuando nos veían entrar

Los gallos montaban a sus hembras con fingida indiferencia, y los huevos fecundados se llevaban a la incubadora. Empezaba entonces lo más bonito del proceso, pues 21 días después, al calor regular de las lámparas, aquellos huevos empezaban a romperse y al momento los pollitos nidúfugos andaban corriendo y picoteando todo lo que se encontraban. Se separaban entonces las hembras de los machos y se criaban aquellas hasta que crecían y se transformaban a su vez en ponedoras. La granja era ocupada entonces por una generación nueva, y mi padre estaba convencido de que la repetición del proceso daría lugar a una gallina distinta capaz de acercarse a la cifra utópica de un huevo diario.

El razonamiento era impecable, pero los resultados no lo fueron tanto. Pues no estaba claro que las hijas de aquellas esforzadas hembras heredaran la abnegación y el ímpetu ponedor de sus madres. Y mi padre empezó a desesperarse, pues el mantenimiento de la granja era muy caro, y hubo unos años en que los precios de los huevos cayeron por los suelos. Además aquel mundo, como todos, estaba lleno de aprovechados, y mi padre, un ser básicamente confiado, era una presa fácil. Acudían a la granja como enjambres. Le engañaban con el peso del pienso y de las cáscaras de piñón que se utilizaban para calentar los criaderos, y le engañaban con el precio de los huevos.
La situación empezaba a ser preocupante cuando irrumpieron en el mercado unas gallinas híbridas que venían de América y que ponían huevos sin parar. Los gallineros de mi padre eran limpios, amplios y hermosos, y hasta tenían un parque, rodeado de tela metálica, al que las gallinas, que vi-vían como auténticas marquesas, podían salir durante el día a airearse y rebuscar en la tierra. Pero la llegada de aquellas criaturas desangeladas e histéricas, auténticas proletarias de la puesta, acabó con la idea romántica de que cuanto mejor era el trato que se daba a las de su especie su producción era mayor. Un gallinero como los de mi padre, que a lo sumo había albergado a quinientas gallinas de las suyas, podía contener en jaulas amontonadas a cinco mil de aquella nueva raza de híbridos. Sólo una mente diabólica podía haber concebido un ser así, que aun en las más humillantes condiciones era capaz de batir todas las marcas imaginables.

Aquello acabó con el sueño avícola de mi padre, que se negó a seguir unos métodos de producción que iban contra sus principios, y cerró los gallineros. La granja sin embargo estaba más hermosa que nunca, pues habían crecido los árboles que había plantado en aquel terreno yermo. Hizo una piscina, que se llenaba con agua del canal, y, a su alrededor, plantó sauces, acacias y todo tipo de árboles frutales. Diseñó él mismo un pequeño porche, y se pasaba las horas muertas en él. Nunca se bañó, pero le gustaba sentarse allí y vernos bañarnos a mi madre y a nosotros.
La granja se hizo famosa en los pueblos de los alrededores, y convocaba, alrededor de la piscina, a numerosos veraneantes. Por las tardes hacíamos guateques, y bailábamos el twist y aquellas preciosas baladas francesas e italianas que entonces estaban de moda.

Y, mientras nosotros crecíamos, mi padre se fue haciendo mayor. Cuando tenía la granja iba todas las tardes al pueblo para vigilarla; pero, como necesitaba dinero, terminó por venderla. Creo que esa venta fue uno de los hechos más dolorosos de su vida. Vendió la granja, y dejó de viajar al pueblo. Entonces se aisló todavía más, y apenas se movía de casa, en que se pasaba los días sentado en su sillón de orejas, cada vez más ensimismado y silencioso, pidiéndonos que nos ocupáramos de nuestra madre, a la que siempre pensó que no había sabido hacer feliz a pesar de haber sido el gran amor de su vida. Y un triste día, se murió. Murió él, pero su granja siguió viva en nuestro pensamiento.

Han pasado los años y, cuando voy al mercado, todavía hoy me sorprendo ante los escaparates de las pollerías, contemplando los huevos. No hay perfección mayor. Representan el misterio de la vida, y han sido adorados por todas las culturas. Los egipcios los ponían junto a las momias, significando la esperanza del renacimiento, y, cuando los veo alineados en sus cartones, no puedo evitar acordarme de mi padre llevándoles en sus manos, como si guardaran una vida secreta cuyo desarrollo podía estimular la nuestra. ¡Qué mundo aquel, tan pobre, pequeño y lleno de locura! A veces, cuando pienso en esos años, y recuerdo a mi padre yendo y viniendo a los gallineros, me pregunto si su vida tuvo que ser así, si no se merecía otra cosa.

Era dulce, elegante, tenía el poder de transformar todo lo que hacía en algo especial, como esos reyes del Mahabarata que dialogan con pájaros de oro y fuentes que cantan. De haber tenido su propio reino, habría sido justo y amado por todos. Sus discursos habrían consolado a su pueblo, y habría mandado construir para él jardines y fábricas hermosas, pues nunca aceptó la idea de que un edificio, se dedicara a lo que se dedicara, tuviera que ser sucio y feo. De hecho su granja, siempre pareció un juguete. Una casa de muñecas.

Pero, ahora que lo pienso, no es cierto que no llegara a reinar. Lo hizo, en aquel mundo pequeño, y nosotros fuimos sus súbditos. Tenía algo de lo que los demás no sabían nada, y de él aprendimos que es preferible la generosidad al ahorro, la abnegación al egoísmo, el deseo de ser y saber al deseo de poder. Es extraña la muerte, nos arrebata lo que amamos, pero no su recuerdo. Y todavía hoy creo verle en aquel sillón de orejas, del que no se movió los últimos años de su vida, pensando en qué tenía que hacer para sacar adelante su granja. Y me parece que escribir novelas no es tan diferente a ocuparse de cosas así. Tener una granja al pie de las colinas de Ngong. Y entonces su fracaso me parece más hermoso que todos los éxitos; y me ayuda a entender el fracaso de mis propios proyectos insensatos.

 

 

«La tarea de la imaginación es recibir a los mensajeros»

A. G. Tanarro / Valladolid

EL LIBRO
‘El cuarto de al lado’, de Gustavo Martín Garzo. Editorial: Lumen. Colección: Biblioteca Gustavo Marín Garzo. Páginas: 260. Precio: 17,10 euros.
No es un diario pero es lo más autobiográfico que ha escrito Gustavo Martín Garzo. La editorial Lumen acaba de sacar a las librerías ‘El cuarto de al lado’, un libro que recoge una selección de los apuntes con los que el escritor vallisoletano fue llenando 14 cuadernos entre 1988 y 1991. «Todos ellos tienen que ver con ciertos momentos especiales de mi vida, momentos en que apareció algo que me hubiera gustado proteger y guardar». Son pequeñas epifanías, a la manera como las entendía Joyce. «Son instantes portadores de luz, que están próximos y que pueden pasar desapercibidos. Pero si prestamos atención nos damos cuenta de que el tejido de lo cotidiano está lleno de momentos especiales, en los que la belleza queda detenida, como en suspenso».
No es un diario pero es lo más próximo que ha escrito a la poesía, ese género por el que siente nostalgia, aunque nunca lo haya practicado. «Tiene esa forma de mirar de la poesía, de detener el instante, y también se acerca al pequeño relato porque en todos estos fragmentos late un interrogante y tratar de responderlo es contar una historia». El título obedece a la época en la que están escritos, cuando sus hijos eran pequeños. «Cuando hay niños pequeños en una casa, siempre se está en el cuarto de al lado», dice. Y sus hijos aparecen muchas veces aunque escondidos detrás de los apodos ‘pescadito’ y ‘habladora’. Y es que, si en estos personales apuntes está ausente el yo, tampoco hay nombres. «No quería ponerlos pero tampoco me gustan esas ‘x’ que se utilizan en estos casos». Aquí hay palabras que definen amigos, conocidos, vecinos, gente que pasa por su vida.

El libro comienza –también aquí– con una reflexión sacada de una frase de Dinesen. «Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar en los libros al príncipe encantador». En sus páginas hay reflexiones sobre el arte de escribir y sobre la vida en general. «Yo no sé quién soy y no suelo preguntármelo. Es más, creo que no me interesa. Pero sí quiero ser un recinto al que lleguen cosas. Vivir es esperar la llegada de algo. Es como la imaginación», afirma el autor a propósito de una de las frases que recogen sus apuntes… «La tarea de la imaginación es recibir a los mensajeros». Vivir es ser portador de una llama, «llevarla de un lado para otro haciendo que todo dependa de una continuidad inexplicable», afirma en otro de los pasajes del libro. Martín Garzo dejó de escribir hace años estos apuntes que salen a la luz por el empeño de su editora, Silvia Querini.

 

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